Los espías de Cabeza de Vaca

Tomada de acá

Recomendé hace poco a todos los lectores, en Castellano Actual y pocos párrafos, la zarandeada obra de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.

Para poner a salvo el manuscrito de Kaputt, crudo retrato de la Europa pisoteada por el III Reich, su autor Curzio Malaparte debió dividirlo en tres partes y confiárselas a sendos amigos diplomáticos (dos rumanos y uno español) que las conservaran hasta el final de la guerra. Alexandr Solyenitsin, por su parte, diseminaría en papeles y microfilmes diferentes copias fragmentarios de su atroz testimonio del sistema penal soviético, Achipiélago Gulag. De ambos casos me acordé durante la relectura de los Comentarios de Cabeza de Vaca, cuando refieren cómo su autor se las arregló para salvar sus papeles de los amotinados que lo destituyeron de su gobierno en el Río de la Plata. Estos, como típicos conquistadores rebeldes del siglo XVI, siempre legalistas, optaron no por degollarlo sino por mandarlo preso a España, no sé si porque confiaban más en la justicia de su causa que en la tradicional lentitud de los procesos judiciales.

… al tiempo que se adobaba y fornescía el bergantín en que le habían de traer, los carpinteros y amigos hicieron con ellos que con todo el secreto del mundo cavasen un madero tan grueso como el muslo, que tenía tres palmos, y en este grueso le metieron un proceso de una información general que el Gobernador había hecho para enviar a su majestad, y otras escrituras que sus amigos habían escapado cuando le prendieron, que le importaban; y ansí, las tomaron y envolvieron en un encerado, y le enclavaron el madero en la popa del bergantín con seis clavos en la cabeza y pie, y decían los carpinteros que habían puesto aquello allí para fortificar el bergantín, y venía tan secreto, que todo el mundo no lo podía alcanzar a saber, y dio el carpintero el aviso de esto a un marinero que venía en él, para que, en llegando a tierra de promisión, se aprovechase de ello (cap. LXXXIII).

Claro que, en materia de mensajes secretos, el escondrijo entre las tablas del barco se queda en nada en comparación con la manera en que los partidarios de Cabeza de Vaca se comunicaban con su gobernador cautivo, a despecho de unos carceleros que en materia de registros parecían aún menos escrupulosos que, en nuestros días, los sicarios uniformados de Maduro. La india de la anécdota, por cierto, profesional incomparable; y el eufemismo de envolverse, encantador.

… la india (…) le traía una carta cada tercer noche, y llevaba otra, pasando por todas las guardas, desnudándola en cueros, catándole la boca y los oídos, y trasquilándola porque no la llevase entre los cabellos, y catándola todo lo posible, que por ser cosa vergonzosa no lo señalo, pasaba la india por todos en cueros, y llegada donde estaba, daba lo que traía a la guarda, y ella se sentaba par de la cama del Gobernador (como la pieza era chica); y sentada, se comenzaba a rascar el pie, y ansí rascándose quitaba la carta, y se la daba por detrás del otro. Traía ella esta carta (que era medio pliego de papel delgado) muy arrollada sotilmente, y cubierta con un poco de cera negra, metida en lo hueco de los dedos del pie hasta el pulgar, y venía atada con dos hilos de algodón negro, y de esta manera metía y sacaba todas las cartas y el papel que había menester, y unos polvos que hay en aquella tierra de unas piedras, que con una poca de saliva o de agua hacen tinta.
Los oficiales y sus consortes lo sospecharon o fueron avisados que el Gobernador sabía lo que fuera pasaba y ellos hacían; y para saber y asegurarse ellos de esto, buscaron cuatro mancebos de entre ellos, para que se envolviesen con la india (en lo cual no tuvieron mucho que hacer, porque de costumbre no son escasas de sus personas, y tienen por gran afrenta negallo a nadie que se lo pida, y dicen que para qué se lo dieron sino para aquello); y envueltos con ella y dándole muchas cosas, no pudieron saber ningún secreto de ella, durando el trato y conversación once meses (cap. LXXVII).

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