El prejuicio errante

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Me he visto alguna vez en la ocasión de comentar con mis alumnos el cuento “El alfiler” (léanlo, que está bien) de Ventura García Calderón, aquel peruano bilingüe que fue candidato al Nobel de Literatura y del que ya nadie se acuerda. Al cabo de un rato, las intervenciones de los alumnos tienden a hacerse monótonas: el relato no es para ellos más que un testimonio del machismo de otros tiempos (que ninguno sabe muy bien cuáles eran), con el añadido culpable de carecer de moraleja. Como yo intento llamar la atención sobre la dimensión trágica del cuento, o sea la secreta debilidad y la terrible noción del deber del protagonista, supongo que para mis alumnos me he ganado una siniestra imagen de apologeta (y con menos de Apolo que de jeta, como decía Jiménez Losantos) del feminicidio. Mira que si les hubiera dado a leer Otelo… en cambio, me late que a Medea la hubieran absuelto.*

Por otra parte, me divirtió el motivo que, después del crimen justiciero del esposo, más alteró a mis jóvenes comentaristas de “El alfiler”: a los dos meses de enviudar, el muchacho pretendía casarse y, para más inri, con la hermana de su difunta. Les parece un hecho escandaloso y, a juzgar por lo que les da que hablar, incluso mucho más que la infidelidad conyugal: parten de la convicción inamovible de que los lutos tienen que ser largos y los excuñados no pueden cortejarse. Lo que, como tantas otras cosas, apuntaría a que no estamos mucho más libres que antes (¿que cuándo?) de tabúes y convenciones opresivas: nos limitamos, cuando nos estorban, a cambiarlos de lugar.

*De hecho, y ahora que pienso en el cuatrimestre entero, nadie de la clase pareció indignarse en su momento con miss Emily Grierson por envenenar a un galán poco dispuesto al matrimonio. Ni con el Gato con Botas por estafa, extorsión, caza furtiva y ogricidio.

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Un caso espeluznante de racismo, violencia de género y síndrome de Estocolmo en la Lima ilustrada y virreinal (para historiadores y gente poco impresionable)

Las aflicciones del género humano encienden el ánimo de todo hombre sensible, que entiende y estudia los caminos del remedio; pero al descubrirlos le suele suceder lo que a mí un día con una mulata puerca, de las que parecen lecheras del rastro o zaguán de Padilla, a quien un chino bueno le estaba dando una pateadura heroica. Me acerqué a ellos; separé al chino; levántase la mulata y encarándome con ojos de serpiente, me dijo: “Guá con el señor… fuera ramas… yo no soy su esclava… esta bulto nadie lo manda sino el chino… deje que me patee, pues que no lo han de aguantar sus güesos…cada uno puede patear en lo que manda”. Protexto (sic)no compadecerme otra vez de las mulatas, aunque los chinos les hagan echar el alma por la boca”.

(El Peruano, tomo I, nº 14, 22 de octubre de 1811)

Añado una pintura de la misma época más o menos, para que se vea que la paridad también era posible. Sigue leyendo