Vindicación del unicornio

Kid playing with stuffed animal

De es.123f.com

Por totémicas causas ancestrales, o simplemente por, como diría Aristóteles, complacerse en las imitaciones, el ser humano lleva fabricando figuras de animales desde que aprendió. Que en algún momento empezara, además, a dejarlas en manos de sus cachorros para que jugaran con ellas debe de proceder de su conciencia de ser rey de la creación, hoy cada vez más vergonzante. La satisfacción de imponerse a la bestia y domarla bien puede abrirse dándole a esta una apariencia inofensiva, que permita al niño dormir abrazado a ella, o que la arrastre y sacuda a su sabor cuando tenga ganas de pelea.

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Regreso a Hills End

Siete chicos
Lluvias como las de estos días, encima lo que está cayendo ahora en Colombia, y la imaginación literaria lleva forzosamente a Gabriel García Márquez, a Cien años de soledad o al “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, aunque este transmita más una profunda sensación de atonía vital que de cataclismo social.
Ahora bien, será porque llegó mucho antes a mi vida que recuerdo mucho mejor una de mis novelas favoritas de la infancia. Siete chicos de Australia, de Ivan Southall, estaba publicada en la colección Cuatro Vientos de la editorial Noguer, así que lo más probable es que ya no sea nada fácil de encontrar.* El título, por otra parte, llamaba a la confusión con el clásico decimonónico de Los siete pequeños australianos de Ethel Turner, si bien esta obra tampoco era muy conocida en España. Quizá en la editorial pensaron que el título original, Hills End, no era ni sugestivo ni fácil de traducir.

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“Miradme, que pasa el mar”

Una de mis rutas más frecuentadas cuando vivía en España era la del Bus Madrid-Granada. Hoy día, como todas, esta hace su parada y fonda en algún gran restaurante-buffet, frío y reluciente en plena carretera, pero durante muchos años la línea estuvo deteniéndose para baño, bocadillo y estirarse en cierto hostal, con barra y tiendecita, en un lugar de la Mancha llamado Almuradiel. La media hora de la parada me daba tiempo para peregrinar, a paso lento, hasta el rincón para mí más curioso y evocador del pueblo: el mástil del minador “Marte” que se alzaba en un desvío como homenaje de veteranos de la Milicia Universitaria, evocando la admiración de don Quijote (que tan poco se asombraba de sus propias fantasías) ante el mar y los barcos cuando llega a Barcelona. En aquel punto de la Meseta sur, a un paso de Sierra Morena y lejísimos del mar, la carretera se desviaba hacia Viso del Marqués, sede insólita del Archivo General de la Marina española por su vinculación con mi paisano don Álvaro de Bazán, el “padre de los soldados” que lo llamó Cervantes.

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