“Miradme, que pasa el mar”

Una de mis rutas más frecuentadas cuando vivía en España era la del Bus Madrid-Granada. Hoy día, como todas, esta hace su parada y fonda en algún gran restaurante-buffet, frío y reluciente en plena carretera, pero durante muchos años la línea estuvo deteniéndose para baño, bocadillo y estirarse en cierto hostal, con barra y tiendecita, en un lugar de la Mancha llamado Almuradiel. La media hora de la parada me daba tiempo para peregrinar, a paso lento, hasta el rincón para mí más curioso y evocador del pueblo: el mástil del minador “Marte” que se alzaba en un desvío como homenaje de veteranos de la Milicia Universitaria, evocando la admiración de don Quijote (que tan poco se asombraba de sus propias fantasías) ante el mar y los barcos cuando llega a Barcelona. En aquel punto de la Meseta sur, a un paso de Sierra Morena y lejísimos del mar, la carretera se desviaba hacia Viso del Marqués, sede insólita del Archivo General de la Marina española por su vinculación con mi paisano don Álvaro de Bazán, el “padre de los soldados” que lo llamó Cervantes.

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Roja pasión

En su tenso reencuentro, una pareja de examantes se tira sus (metafóricos) trapos sucios a la cara: que si él ha traicionado los ideales del partido, que si ella apoyó la facción maoísta en el congreso tal y cual… El lector, que probablemente ha amado y desamado en su vida por razones más carnales y cardiacas, tiende a sentirse poco involucrado. Sigue leyendo