Rubén, admirable

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Como caricatura que a mí me parece amable, Valle-Inclán retrató en Luces de bohemia un Rubén Darío a quien no se le caía el “¡Admirable!” de la boca. Bien por quien era capaz de admirarse ante la menor trivialidad, en lugar de como Valle hacer un guiñol de las mayores tragedias. Sirva esta foto para para introducir mi última recomendación en Castellano Actual, y también para acompañar la reciente de don Juan Valera, quien involuntariamente fue gran padrino literario del cisne de Nicaragua.

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Una lectura pa morirse

Tampoco voy a hacer una crónica del recital de la pasada víspera de Todos los Santos. Pese a retrasos, cumplió con el muy atento público, y la ambientación fue un acierto sin recurrir a estridencias. Se leyó a algún autor contemporáneo, pero tuvieron más presencia clásicos como Edgar Allan Poe, reconocido maestro del género terrorífico, o Rubén Darío, genial poeta pero menos conocido como autor de cuentos de escalofriante poesía como el relato que se leyó en el Clandestino, ThanatopiaLo enlazo para quienes quieran, como decía Borges, “revivir aquellos deleitables terrores”.

Lectura de “Thanatopia”. Créanme que la chela, o sea la birra, era necesaria para la puesta en escena.

De amicitia (antiqua)

En la Universidad de Granada, durante una conferencia de hace años, cierto importante catedrático peruano lanzó a los estudiantes una inolvidable advertencia: “Aléjense de los amigos de la infancia, ¡son lo peor que hay, porque piensan que lo conocen a uno!”. (Era a propósito de Rubén Darío y su fúnebre reencuentro con Nicaragua, su país de origen).

Tiempo después, me tropiezo con la misma idea, algo más serenamente razonada, en Julián Marías, Una vida presente (Páginas de Espuma, 2008, p. 91):

Siempre he pensado que cuando se dice “somos amigos desde la niñez: amigos íntimos” se comete un error. Los amigos de la niñez son previos a la verdadera intimidad; solamente en la adolescencia y primera juventud se descubre esa zona de la vida y se adquieren amistades que lleguen a ella. A veces las infantiles se ‘revalidan’ y adquieren intimidad, pero son nuevas amistades, aunque no lo sean los amigos.

Yo, por mi parte, ya había dedicado versos una vez al desvanecimiento de las amistades juveniles. No recuerdo si bajo el estímulo de alguna vivencia concreta, o simplemente melancólico por la hostilidad y desconfianza que, en la continuación de Los tres mosqueteros, encontraba reinando entre los queridos héroes de Dumas. Tal vez lo primero, pero revelado por lo segundo, como suele funcionar el conocimiento literario.