La impaciencia

Desde que mi primogénita, hace cosa de tres años, me salió con que lo que quería hacer cuando sea mayor era “tomar vino”, mi vida familiar discurría bastante tranquila en materia de vicios tradicionales. Pero la amenaza regresó ayer, inesperada, por boca de mi segundogénita que trotaba la calle Lambayeque, más que cantando, jaleando:

—¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho!

—¿Qué te pasa? ¿Estás contando algo?

—¡Noo! Es que había una sala con juegos que me dijo mamá que no pueden entrar niños, y el año que hay que tener es dieciocho. ¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho!

—Aah… ¿Y tú quieres tener ya dieciocho años para entrar a esos juegos?

—Sí, y mamá me va a comprar un bolso y un celular. ¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho!

De manera que catorce años me quedan para prevenir la ludopatía. Menos mal, porque hay otros hijos que no avisan.

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De la importancia de reírse de uno mismo

(Al fin, una prueba convincente)

Descubro ahora en mi hija menor algunas manías felinas. Le echo algo de culpa a su intercambio habitual de feroces carantoñas con el gato Ron. Miro a la cara a cualquiera de los dos de esa pareja asilvestrada (esos ojazos fijos, ese pellizco de nariz, ese mentón invisible), y en seguida me acuerdo del otro. Ambos comparten la pasión por trepar escaleras, camas, sillas, mesas, muebles, aunque no lamentablemente la habilidad de caer de pie. Sigue leyendo