Leer con lápiz

Me gustan los libros, como a tantos, más por aquello que contienen que por la sacralidad que les confieren otros más fanáticos o píos. Digo con esto que los cambio sin problema por ediciones digitales, que los presto con frecuencia (y casi siempre los recupero) pese a cínicos consejos, y que, como mis lectores tal vez recuerdan, los rayo muy a mi sabor. Sobre los préstamos, lo más halagador que me han dicho mis deudores de libros es que leer un tomo de mi biblioteca es como tenerme al lado durante la lectura, aunque ciertamente no todos me lo decían con el mismo grado de afecto.
Libro sin glosa, libro que nada aprende. Libro indiferente o tal vez venerado, pero nunca amado con pasión.
(Valga como justificación de este sustancioso enlace sobre el arte de subrayar libros).

Papel y prestigio

Llevo unos cuantos días leyendo una novela contenida en el fantástico smartphone que me regaló mi esposa por nuestro aniversario. Comodísimo soporte que me permite dedicarme a la lectura sin embarazo en cualquier taxi, en la cafetería y en todo entorno que no sea el del banco, donde el uso de estos aparatos electrónicos está perseguido.

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¿Y los libros? (Coda)

Títulos de Fahrenheit 451

Plumas y palabras todas se las lleva el viento

(Casilda, la de Peribáñez)

Al contrario que en la adaptación de François Truffaut, Ray Bradbury no llegó en su Fahrenheit 451 al extremo de imaginar un mundo sin letra impresa. Su novela futurista imaginaba un mundo en el que se prohibía el libro, pero donde el aprendizaje se mantenía mediante funcionales folletos desechables. Sigue leyendo

Tablillas y tabletas

De http://infernomax.blogspot.com/2013/07/tabula-cerata.html

Al libro electrónico del año 2012 le sucedió una tablet al siguiente, en fechas parecidas. Al igual que el aparato anterior (y, mucho antes, que el teléfono celular), lo recibí con poca curiosidad para acabar sin embargo semanas más tarde extrañando su ausencia hasta retrospectivamente. La amable condición multiuso de la tablet, tanto para leer en múltiples formatos como para escribir mis copiosas notas, me la han convertido en compañera cuasi inseparable en ratos de ocio, salvo en los que paso dentro de los bancos porque allí los severos guachimanes, dizque por seguridad, me prohiben usarla (como prohiben mis también inseparables teléfono móvil y sombrero).
O sea que yo, que ni soñaba con tener un Moleskine en mi bolsillo mientras pudiera aprovechar las agendas baratas que regalan por ahí, ahora me encuentro exhibiendo pantallita en público y privado, con aire sospechosamente tecnosnob. Declaro en mi defensa que cuando la manejo jamás me alucino ejecutivo en vuelo de primera clase, parroquiano del divino Starbucks ni personaje de ciencia ficción. Antes bien, desearía cambiar polo por toga. También Plinio el Joven, pequeño filósofo del ocio creativo, llevaba a todas partes su tableta, de cera y no electrónica pero tableta al fin y al cabo, y a ella acudía a cada momento inspirador que pudiera distraerle de lo que lo ocupaba:
Estaba sentado junto a las redes, al lado no tenía el venablo y los dardos, sino el estilete y las tablillas de cera; pensaba algo y tomaba nota, para, si me llevaba las manos vacías, al menos llevarme las tablillas llenas. (…) Por todo ello, cuando vayas de cacería, deberás llevar contigo, según mi parecer, no solo la panera y la botellita de vino, sino también las tablillas de cera: comprobarás que, al igual que Diana, también Minerva vaga por los montes (Cartas I,6)
Aunque en esto tomar notitas cada rato lo aventajaba Plinio el Viejo, quien según nos cuenta su sobrino en otra carta (III,5), por no gastar fuerzas ni tiempo y tener las manos siempre libres para sus apuntes, se desplazaba en litera acompañado de un lector a pie, auténtico audiolibro o Walkman literal (homo andans).
Maf

 

NOTA DEL 3 DE ENERO: La vagabundia de las compras navideñas me ha hecho descubrir una marca de esos lapiceros con culete de goma para pantalla táctil llamada stylus, igual que los punzones con que se escribía sobre las históricas tablillas. Tal vez debamos más cultura sobre el mundo antiguo a la publicidad que al cine.

Que viva Crichton

Aunque por razones profesionales y personales uno tiende a echar pestes de los bestsellers y del padre que los engendró (ya hablaremos otro día de eso), revivo estos días el placer con que allá por los 90 leí unas cuantas novelas de Michael Crichton. Parque Jurásico me interesó desde antes aún que Spielberg se metiera a explotar a los pobres animalitos del Cretácico, con irreversibles consecuencias para nuestra cultura audiovisual, no todas malas. Esfera infundía un terrible suspenso a un viejo tema de la ciencia-ficción culta (Solaris, de Stanislav Lem) o de culto (Planeta prohibido, leo que de Fred M.Wilcox). El gran robo del tren era un misterio “victoriano” sin el enredo de los de Wilkie Collins o de Sherlock Holmes, pero donde el lector presenciaba, desde el reverso y con viva simpatía por los geniales delincuentes, el planeamiento y ejecución de un crimen parece que verídico. Sigue leyendo