La primera es la que cuenta

o Un Greco revisado

El Escorial

Me gusta el monasterio del Escorial, más allá de lo anecdótico de festivos cursos de la Complutense -tinto de verano- o invernales días de sol frío -tinto a secas-, por su mezcla de monumentalidad y recogimiento. Coloso de granito en pueblito estepario, que prefiere el huerto al jardín versallesco, la recta y la arista al floripondio barroco. Que progresa de la fachada ciclópea al cuarto de estudio, del rey al hombre y, finalmente, a la osamenta; de la losa de mármol al baldosín de loza castellana. Me gusta por la manera en que se mimetiza en el paisaje, llanura con sierra al fondo que emana un frío cortante igual que sus esquinas. Me gusta porque, denostado por tantos autores (ejemplo), más por su historia que por su arquitectura, ha merecido luminosos versos de poetas caribeños, quién lo dijera.* Por último, me agrada por algunos de sus tesoros, la sala de los mapas o ciertas pinturas del Greco que tan poco agradaron, dicen, al rey constructor.

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Centenario (con aniversario)

Junto con otros escritores hispanoamericanos más populares, cumple este año su centenario el poeta Gastón Baquero (1914-1997). Miembro de una genial generación de poetas cubanos, exiliado y  silenciado vilmente por la revolución, vivió en Madrid el resto de su vida entre toneladas caóticas de libros. En sus paseos por la Villa se solía detener ante la ventana del apartamento que ocupó César Vallejo allá en los años 30, y esperaba por si le veía asomarse.

Un amigo común, mi maestro el poeta Carlos Javier Morales, me regaló su poesía completa. Además del acontecimiento que supone por sí mismo toda buena lectura, el tomo aquel pudo luego acompañar y enriquecer momentos gratos y trascendentes de mi vida. Dejando aparte cierta hojarasca barroca, muy de los cubanos de su tiempo y a la que no acabo de acostumbrarme –Lezama Lima y tal–, me cautivó de los versos de Baquero su conjunción de humor y fantasía cultural con las preocupaciones del amor y el mortal paso del tiempo: la destrucción o el amor, en expresión de Aleixandre (con cuyo entorno madrileño me parece que se relacionó Gastón).

Para una intimínima selección de poemas suyos, así sin echar mano del libro, recomendaría buscar “Qué pasa, qué está pasando…”, “El viento en Trieste decía”, “Plenitud de la manzana”, “Los lunes me llamaba Nicanor”, “Fanfarria en honor al Escorial”, “Amapolas en el camino de Toledo”, “El galeón”, “Primavera”, “Manos”, “Plegaria del padre agradecido”, “Alborada”, “Carta en el agua perdida” (algunos pueden leerse aquí). Y, ya echándosela, este que sigue y dejo como celebración:

Bodas de plata (Gastón Baquero)

Mío Cunqueiro

Las crónicas del sochantre

De lo más o menos mucho que leía cuando estudiaba, tuve tres autores predilectos hasta el punto de convertirme en tenaz propagandista suyo, e incluso ganarles algunos nuevos y agradecidos lectores.

Eran los tres más o menos coetáneos y españoles, pero bien distintos: Álvaro Cunqueiro, Luis RosalesEnrique Jardiel Poncela. A este último lo interpretaba a mi manera en mi maceta anterior; en cuanto al primero de la lista, he vuelto a él la misma semana pasada, al cometer la osadía de recomendarlo al público peruano. No sé qué tantas ediciones españolas del vate de Mondoñedo llegarán hasta estas latitudes, pero al menos sé que en nuestras librerías de viejo, como en las de España, no es imposible hallar algún ejemplar de Las crónicas del sochantre, en la fea edición de Salvat/RTVE de los años 70.*

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Más gatos

Fotografía de Víctos Palacios Cruz

Fotografía de Víctor Palacios Cruz

O más poesía gatuna, de mejor cosecha que la de otras veces.

Por hablar de El hobbit, no pude menos que acordarme de aquel poema felino de su mismo autor, que ya prefigura un tema tan tolkieniano como la energía que palpita en el corazón de la vida sosegada. Sueño de tigre, lo llamaría Borges en otra parte. Sigue leyendo