‘El otro lado del viento’: próxima, nueva, incompleta

Cuando Jorge Luis Borges, en su cuento “El milagro secreto”, achacaba al imaginario escritor checo Jaromir Hladík que “como todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba”, ni se le tenía por qué ocurrir el nombre de Orson Welles. Yo, sin embargo, con otra perspectiva, no puedo evitarlo: cuando leo sobre la obra filmográfica del gordo errante, me da la impresión de que le conceden el mismo peso a sus obras acabadas que a aquellas que nunca terminó de escribir, filmar ni montar. Eso, a pesar de su fama de genio, o más bien gracias a ella, que a otro no se lo perdonarían.

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Apon a taim in Mécsicou

Edificio Guardiola

Durante cerca de un siglo, “Casa Prendes” fue el nombre de uno de los mas afamados restaurantes de la ciudad de México. Por otra parte, un centro financiero emblemático de la capital azteca es el llamado edificio Guardiola (en total congruencia con el significado catalán de la palabra).
Tuve el acierto de firmar mi primer libro con ambos apellidos, desoyendo consejos adversos, lo que tal vez ayudara a la benevolencia con que me acogió el auditorio de El Colegio de México cuando me vi en ocasión de presentarlo. Fui introducido con halagadora conjunción adversativa: “El autor se llama Manuel Prendes Guardiola, y sin embargo dice que no es mexicano”.
LnnFGDesde entonces, la confusión ha sido para mí tan poco frecuente como causa de alegría y agradecimiento. Este año, el favor me lo ha hecho no sé qué boletinista del Colegio de Abogados de Piura, quién sabe qué impresión se llevaría de mí como conferenciante:
Manuel Prendes Guardiola "Mexicano"
Será que pasé demasiado feliz aquel lejano mes saltando entre microbuses por la megalópolis como Tarzán de rama en rama. México sigue siendo el tercer país donde tengo más lectores. Algo habrá.

Gálvez el de las máscaras

Las máscaras del héroe

Juan Manuel de Prada alumbra nueva novela, sobre esas Filipinas coloniales que tan poco han interesado a la literatura española (excepciones en el siglo XX: el dúo Fernández de la Reguera-March, que no sé qué tal sería, y Jorge Ordaz con sus muy apreciables La Perla del Oriente y Perdido Edén).

La noticia, y un par de papeles oportunos a mano, me llevan a otro extremo. O sea, del extremo oriente y principios del siglo XXI a la primera narración larga de Prada, Las máscaras del héroe (1996). Por razones diversas, a veces incluso literarias, al autor aún no lo habían borrado de la lista de promesas de la intelligentsia cultural hispana. Además, el tema histórico-literario de moda no era en ese momento ni el desastre del 98, ni el maquis, ni la represión de posguerra, ni la División Azul, ni la Transición, sino la bohemia madrileña. Es decir, que las librerías se abarrotaban de ediciones sobre una pléyade de extravagantes escritores, harto conocidos en los años 20-30 pero que se quedaron a las puertas de los manuales de literatura para no ser recordados por más que cuatro eruditos, rescatadores ocasionales.

Es esto lo que hizo Prada con Las máscaras, libro que a mí me pareció insatisfactorio pero espléndidamente escrito (el estilo es el hombre, se ha dicho, pero ese hombre no siempre es novelista). Entre todos los personajes reales y ficticios que pululan por la historia, en todo caso, es difícil de olvidar el sombrío retrato del protagonista, el poeta y periodista Pedro Luis de Gálvez. Hiperbólico y abyecto, criminal y simpático, lo certera que podía llegar a ser la semblanza de Prada* se me reveló años después gracias a la lectura de un testimonio real sobre Gálvez. Está en el diario de un novelista y diplomático mexicano, Federico Gamboa (de quien tendré que hablar más otro día), que registraba en Bruselas el 18 de marzo de 1913: Sigue leyendo