Tiempo de vacaciones

Tal vez fuera tan solo por el ocio dilatado de unos días en el campo, un activo “dolce far niente” en que había que ocuparse de muchas cosas pero de cada una a su propio ritmo. Sin duda influyó también el cambio de hemisferio, más que por el jet lag inicial, por las horas increíbles hasta las que, lejos de la línea del ecuador, el sol seguía alumbrando. Hubo algo más: haber pasado ese verano extra con conexión muy limitada a celulares, televisores y otros cacharros de pantalla, apenas compatibles con una rutina paleolítica en el mejor de los sentidos, gobernada por las tripas y la luz solar.

Pasé también bastante tiempo junto a niños. Baños, paseos, relatos, cenas, juegos con personas para las que solo existe el tiempo presente.

En fin, que a lo largo de la sonora tranquilidad de las vacaciones, solo había unas palabras capaces de generar alrededor un silencio incómodo, igual que el que habría levantado un breve disparo. Siempre había alguien a quien las circunstancias convertían en aguafiestas y preguntaba “¿Qué hora es?”.

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Tiempo divino

Una autorizada voz observa lo mal que se compadecen los relojes y los templos. Aunque, por supuesto, lo hace con más profundidad y más amplitud, yo me siento -vanidad- como si me diera la razón. Cuánto honor.

Universalidad y eternidad

Paolo Uccello: reloj de la catedral de Florencia

De la decoración que puede uno encontrarse dentro de una iglesia, dos objetos que siempre me discuerdan son las banderas y los relojes.

Me nació esta idea del comentario de una talentosa poeta polaca al admirar el reloj que Uccello pintó para la catedral de Florencia, largo como un remolino y con el que sin embargo sí me siento bastante indulgente.