Humildad

Desde hacía muchos años, la indicación del Jardín del alma, “Ponte en presencia de Dios”, se había convertido para Guy en un mero acto de respeto, como firmar en el libro de visitas en una embajada o en el palacio del gobernador. Solía presentarse en su puesto diciéndole a Dios: “No te pido nada. Estoy aquí por si me necesitas. No creo que te pueda ser de ninguna utilidad, pero si hay algo que pueda hacer, házmelo saber” y lo dejaba así.

“No te pido nada”, esa era la esencia mortal de su apatía. (…) El entusiasmo y la actividad no bastaban. Dios exigía algo más: había ordenado a todos los humanos que pidieran.

(Evelyn Waugh, Rendición incondicional. Trad. de Carlos Villar Flor)

 

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Lo importante, no aburrirse

 

Recuerdo cómo uno de mis tíos, veterano profesor de Educación Física en un renombrado colegio de Granada, rezongaba en los últimos días del verano. Empezaban las reuniones preparatorias del curso, y a la dirección le había dado por introducir innovaciones pedagógicas: ya era cosa del pasado la gimnasia de flexión, tensión y estiramiento, y también al parecer el veloz deporte de balón y de carrera. En cambio, les daban una pelotita no sé si de tenis o de trapo y les enseñaban a enseñar a los niños a pasársela y hacerla bailar, unos a otros o bien en solitario. Tantos años de cancha para aquella disciplina tan poco muscular (por no llamarla de otro modo), aunque apostaría a que las calificaciones de los chicos empezaron desde aquel año a subir espectacularmente. Sigue leyendo