La primera es la que cuenta

o Un Greco revisado

El Escorial

Me gusta el monasterio del Escorial, más allá de lo anecdótico de festivos cursos de la Complutense -tinto de verano- o invernales días de sol frío -tinto a secas-, por su mezcla de monumentalidad y recogimiento. Coloso de granito en pueblito estepario, que prefiere el huerto al jardín versallesco, la recta y la arista al floripondio barroco. Que progresa de la fachada ciclópea al cuarto de estudio, del rey al hombre y, finalmente, a la osamenta; de la losa de mármol al baldosín de loza castellana. Me gusta por la manera en que se mimetiza en el paisaje, llanura con sierra al fondo que emana un frío cortante igual que sus esquinas. Me gusta porque, denostado por tantos autores (ejemplo), más por su historia que por su arquitectura, ha merecido luminosos versos de poetas caribeños, quién lo dijera.* Por último, me agrada por algunos de sus tesoros, la sala de los mapas o ciertas pinturas del Greco que tan poco agradaron, dicen, al rey constructor.

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Lecciones del Escorial (y del Barroco)

Catedral de Santiago de Compostela (fachada del Obradoiro)

Catedral de Santiago de Compostela (fachada del Obradoiro)

Nos lo enseñaban a todos en Historia del Arte durante la secundaria: el Barroco, aquel estilo recargado y ostentoso en las palabras y en las formas, era el arte derivado de la Contrarreforma.

Lo copiábamos disciplinadamente en el cuaderno y ya sabíamos qué contestar si nos lo preguntaban. Todo aquel aparato artístico del siglo XVII debía proceder de la necesidad de favorecer una religiosidad emotiva, o bien de hacer accesible la explicación de una fe cuyos textos fundamentales no lo eran. Sigue leyendo