Tres versiones de Martín

Diario La Nueva España, 10-11-2011

Diario La Nueva España, 10-11-2011

En el pueblo de El Berrón, corazón ferroviario de Asturias, me he pasado más de media vida contemplando los domingos una enorme imagen mural de San Martín de Tours. Detrás del altar se yergue un larguísimo caballo; los primeros años yo solo tenía ojos para él y su robusto jinete armado, de sonrisa luminosa entre las nubes turbulentas.

Aunque la importancia histórica de Martín procede de su condición de obispo, fue un episodio de su juventud de soldado el que perduró en la memoria visual de la cristiandad: el santo usó su espada para compartir su capa con un mendigo. Este acto de misericordia ha levantado suspicacias entre los proverbiales más papistas que el Papa (o hasta más cristianos que Cristo), y ha necesitado alguna que otra interpretación exculpatoria de por qué el buen legionario no se desprendió de la capa entera.

La primera exégesis que he encontrado viene avalada por nuestra literatura clásica: ante una imagen de San Martín, Don Quijote le explica a Sancho que ‘sin duda debía de ser entonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo’ (II,18). De la segunda, en cambio, no sé cuál es la fuente original, y yo la recibí de mi párroco de La Carrera, el que oficiaba bajo las patas del corcel: como militar, Martín no era dueño de su ropa ni de sus armas, de manera que se quedó la parte que le correspondía al César (la del soldado bien equipado), pero la propia de sus necesidades humanas se la entregó a Dios, es decir al pobre.

En cuanto a la tercera, se la debo a un recuerdo escolar de mi madre: tras el relato del generoso gesto, una colegiala se ganó un castigo de la monja educadora por comentar desdeñosa que el santo galo-romano se notaba que era francés, porque si hubiera sido español se la habría dado toda.

Anuncios

Humildad

Desde hacía muchos años, la indicación del Jardín del alma, “Ponte en presencia de Dios”, se había convertido para Guy en un mero acto de respeto, como firmar en el libro de visitas en una embajada o en el palacio del gobernador. Solía presentarse en su puesto diciéndole a Dios: “No te pido nada. Estoy aquí por si me necesitas. No creo que te pueda ser de ninguna utilidad, pero si hay algo que pueda hacer, házmelo saber” y lo dejaba así.

“No te pido nada”, esa era la esencia mortal de su apatía. (…) El entusiasmo y la actividad no bastaban. Dios exigía algo más: había ordenado a todos los humanos que pidieran.

(Evelyn Waugh, Rendición incondicional. Trad. de Carlos Villar Flor)

 

El vinagre itálico

Dos médicos romanos discuten muy comedidamente (de "Asterix en Helvecia")

Dos médicos romanos discuten muy comedidamente (de “Asterix en Helvecia”)

No me refiero al de Módena que está tan de moda. De esa manera –italum acetum- era conocida en su tiempo la ruda franqueza y aguda mordacidad con que se trataban los antiguos romanos, que no se detenía ante amigos ni tan siquiera ante superiores jerárquicos. Un libro de la primera mitad del siglo pasado* le dedica un divertido y entero capítulo. Sigue leyendo

La evangelización de las indias (con minúscula)

Doña Francisca Pizarro Yupanqui

Doña Francisca Pizarro Yupanqui

Una de las entradas con más éxito en mi blog, si las estadísticas no mienten, es la de “Un caso espeluznante” etcétera. Supongo que más por el tremebundo título, las sugerentes palabras clave y la preciosa ilustración que por el verdadero contenido de la anécdota. Si alguno llegará luego a sentirse decepcionado tras leer la entrada, ya no sé.

Un poco yéndome al otro extremo, es decir al de la autoridad de la mujer americana en tiempos coloniales no para someterse si así le venía en gana, sino también para emanciparse, trasladaré aquí otra curiosa cita. Sigue leyendo