Regreso a Hills End

Siete chicos
Lluvias como las de estos días, encima lo que está cayendo ahora en Colombia, y la imaginación literaria lleva forzosamente a Gabriel García Márquez, a Cien años de soledad o al “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, aunque este transmita más una profunda sensación de atonía vital que de cataclismo social.
Ahora bien, será porque llegó mucho antes a mi vida que recuerdo mucho mejor una de mis novelas favoritas de la infancia. Siete chicos de Australia, de Ivan Southall, estaba publicada en la colección Cuatro Vientos de la editorial Noguer, así que lo más probable es que ya no sea nada fácil de encontrar.* El título, por otra parte, llamaba a la confusión con el clásico decimonónico de Los siete pequeños australianos de Ethel Turner, si bien esta obra tampoco era muy conocida en España. Quizá en la editorial pensaron que el título original, Hills End, no era ni sugestivo ni fácil de traducir.

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Formados para mandar

Entre el diluvio de frases mandelinas que sucedieron al fallecimiento del histórico líder sudafricano, hubo una que me pareció tan llena de buenas intenciones como expresada con poca fortuna:

 La educación es el gran motor del desarrollo personal. Es a través de la educación como la hija de un campesino puede convertirse en médico, el hijo de un minero puede convertirse en el jefe de la mina, o el hijo de trabajadores agrícolas puede llegar a ser presidente de una gran nación.

Desafortunada, por un soterrado clasismo según el cual un gobernante o un médico valen más que un campesino, y según el cual un minero educado que no se convierta en jefe de la mina es un fracaso. En fin, que las barreras que supera la escuela no son otras que las que median entre el proletariado y la burguesía o la patronal.

Tal vez la sentencia encerraba algo de la obsesión que le ha brotado al discurso pedagógico actual por “formar líderes”: en Perú, por lo menos, es un auténtico virus. Tampoco descarto que Nelson Mandela pudiera imaginar la existencia de mineros y campesinos activos y también más felices gracias a la educación, pero cuya evocación hubiera requerido de unos matices demasiado sutiles para encerrarse en la breve redondez de una frase histórica. Así somos: recordamos mejor lo corto, y también lo exagerado (de ahí el éxito de tantas memeces que ruedan en forma de memes).