La primera es la que cuenta

o Un Greco revisado

El Escorial

Me gusta el monasterio del Escorial, más allá de lo anecdótico de festivos cursos de la Complutense -tinto de verano- o invernales días de sol frío -tinto a secas-, por su mezcla de monumentalidad y recogimiento. Coloso de granito en pueblito estepario, que prefiere el huerto al jardín versallesco, la recta y la arista al floripondio barroco. Que progresa de la fachada ciclópea al cuarto de estudio, del rey al hombre y, finalmente, a la osamenta; de la losa de mármol al baldosín de loza castellana. Me gusta por la manera en que se mimetiza en el paisaje, llanura con sierra al fondo que emana un frío cortante igual que sus esquinas. Me gusta porque, denostado por tantos autores (ejemplo), más por su historia que por su arquitectura, ha merecido luminosos versos de poetas caribeños, quién lo dijera.* Por último, me agrada por algunos de sus tesoros, la sala de los mapas o ciertas pinturas del Greco que tan poco agradaron, dicen, al rey constructor.

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Ancillae poesis

 
 
A propósito de escritores y filósofos.
Escribía Aristóteles en su Poética que la poesía era ‘más filosófica y elevada que la historia, pues la poesía narra más bien lo general, mientras que la historia, lo particular’. Yo, menos creativo, me limito a repetirlo en clase a la mínima ocasión propicia, y puede que en lo sucesivo lo lleve todavía más lejos afirmando que la poesía, o sea la literatura, puede ser mas filosófica que la propia filosofía abandonada a sus propias fuerzas. Destaco aquí de un abundante artículo de Javier Gomá sobre filosofía actual (cuyo hallazgo debo a mi nada escaso colega Nazaret Solís) la siguiente cita:
… la filosofía se hermana con la literatura, no con la ciencia: dado que la prueba explícita le está negada, el filósofo produce textos que han de convencer, de persuadir, de seducir, y en este punto en nada esencial se diferencia del literato que usa con habilidad los recursos retóricos para mover al lector y captar su asentimiento. De ahí que, en la abrumadora mayoría de los casos, la gran filosofía, pensadora del ideal en cuanto al contenido, suele ir aparejada a un gran estilo en cuanto a la forma. El filósofo es sobre todo, como el novelista, el creador de un lenguaje y el administrador de unas cuantas metáforas eficaces con las que manufactura un relato veraz —aunque inverificable para el lector.
Esta función retórica de la filosofía es algo que, por desgracia, ha ido echando al olvido la filosofía contemporánea acaso por el vano achaque de querer parecerse a la ciencia. (…) Lejos quedan los tiempos en que los filósofos —RussellSartre— merecían el premio Nobel de Literatura…
Y es que en el principio era el verbo, no olvidemos.

Postdata del 8 de diciembre

Agrego el comentario que me hizo llegar por Facebook Paola García Rivera, compañera de Facultad en el área de Filosofía, junto con la respuesta que se me ocurrió.  Enriquece la entrada tanto que merece mas lectores:

La literatura más filosófica que la propia filosofía abandonada a la sola razón. Sí. Pero ¿solo la literatura? ¿La literatura? ¿La literatura más que todo? La poesía,¿no? Aquí te dejo algo de un filósofo no abandonado a sus propias fuerzas: “Toda obra de arte nos saca de lo acostumbrado. En eso consisten su carácter y efecto extáticos…no es de extrañar que esto suceda de una manera especialmente explícita  en la literatura. La palabra, hablada o escrita, es el instrumento más adecuado para expresar reflexiva o explícitamente temas determinados, si bien no necesariamente el instrumento más intuitivo para hacérnoslos ver de golpe”.  Fernando Inciarte.

Claro y cierto, es aplicable al arte en general, pero el arte literario, en cuanto que usa la palabra, sirve tanto para lo objetivo como para lo intuitivo y hasta lo inefable, que es a lo que tienden todas las demás artes. Estas son menos versátiles: volviendo a exagerar, diría que si no son mística, no son nada.

Gobernarte

El pasado agosto me encontré, junto a los asistentes a un congreso que organizaba mi universidad, visitando el Congreso. El de siempre, o sea. El de la República. Sigue leyendo