Adéu marcians

Otro texto microcuento, más bien nanocuento, que me dejó bastante orondo y que creía perdido para la red, hasta que lo encontré la copia entre mis archivos de imágenes

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Estrategias de lectura ballenera

He terminado hace poco la lectura de Moby Dick, con el prescrito suspiro de prolongada satisfacción. También con un pequeño orgullo de propina: pocos días antes, había leído también cómo Andrés Barba confesaba no haber podido terminar la novela de Melville antes de haber tenido que traducirla.
Por suerte, mi orgullo por haber llegado gratis donde no había podido el ilustre narrador español contemporáneo no pasó de ser, aparte de pequeño, involuntario. Hubiera sido estúpido si no. Quién sabe el tipo de lector que es Andrés Barba o tantos otros, a quienes bien comprendo, que se las han visto y deseado para dar finis al impresionante novelón ballenero. No solo por el consabido lema de que para gustos hay colores. A mí me ayudó mucho, aparte de la brillantez de muchas de sus páginas y de la curiosidad por encontrar otras parecidas, la práctica desprejuiciada de la lectura oblicua o saltarina cuando el relato alcanzaba demasiado peso de cachalote o profundidad de abismo. También el no haber llegado jamás a convertirme en uno de esos otros lectores que lleva con pulcra esclavitud la cifra de todos los tochos o tochitos que lee cada mes, y eso si no se la ha fijado ya con anticipación.

En “Clarín”: “Privatizaciones”

Clarín

La excelente revista literaria Clarín ha tenido la gentileza de publicarme en su nuevo número una pequeña colección de aforismos, que confío a la benevolencia de los lectores españoles y americanos. ¿El título? Creo que no traiciono a mi editor si transcribo aquí que considero un ejercicio liberal del pensamiento privatizar los lugares comunes, o sea lo que he procurado.

Rendirse jamás

Caballero negro

No te rindas nunca, ya lo sabes. Otros dirán que te han vencido, pero nada importa mientras tú a ti mismo te sientas vencedor, te proclames como tal. Di la última palabra.
Recuerda siempre al Caballero Negro.

La máquina del tiempo (perdido)

Máquina de chocolates

Sin anunciarse, aparecieron en diferentes puntos del Campus expendedoras automáticas de aperitivos. Yo saludé la aparición con una alegría que no acababa de explicarme, porque me suelo tomar la hora del café matinal, como el cine o el cebiche, más como excusa para la reunión social que con necesidad de consumo. Sin tener a quién invitar ni quién me invite, puedo apurar la jornada entera en mi madriguera si no me sacan de ella otras obligaciones… incluida la de satisfacer un hambre imprevista. Por eso mismo, la novedad era digna de interés (picar algo  ahorrándome la cola de la cafetería), aunque quizá no de tanta emoción.

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