«¿Qué hacéis mirando al cielo?»

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Y nosotros, como la antigua dama cuyo marido marchó a las cruzadas, nos preguntamos a veces si volverá de veras o si quedó tal vez muerto en cualquiera de los vericuetos de la historia. Nos llegan a veces noticias de él. Noticias confusas. Alguien dice que le ha visto. Pero no sabe muy bien dónde. No sabe siquiera con certeza si el que vio era él o alguien parecido. Y, mientras, los caballeros de este mundo —el poder el dinero el egoísmo el placer– se ríen de nosotros, esposa abandonada, y nos ofrecen sus lechos floridos. ¿Cómo tener el coraje de seguir esperándote? ¡Ay, cuántos trozos de fe y de esperanza perdimos en el camino de nuestras vidas! No es la nuestra una generación creyente como la primera. Tal vez, nos repiten a derecha e izquierda, tú seas un sueño. O un ideal imposible.
Y, sin embargo, nosotros seguimos esperándote, Señor. Absurdamente quizá. Pero apasionadamente. Y es que sabemos que la única llama que queda en nuestro hogar que ese rescoldo de fe batida por los vientos, certifica aún hoy cuánto te necesitamos. Y es que sabemos que, allá en el fondo de nuestros corazones, se sigue alzando la misma gran voz de la esperanza de los primeros cristianos: «Marana tha», es decir: «Ven, Señor Jesús».
José Luis Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de NazaretSalamanca, Sígueme, 2005 (p. 1250)

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