América, latina

Cierto giro reciente en el proceso electoral, que probablemente no pasa de anécdota, me ha hecho pensar en la política peruana, no remontándome esta vez al feudalismo medieval, sino mucho más atrás, a los fundacionales tiempos de la república romana.

Digo fundacionales no solo por el conjunto de la civilización occidental, que tanto se reconoce en la antigua Roma al estudiarla y también, cuando no, porque para eso están las falsificaciones del cine. Se trata también de la turbulenta historia de las repúblicas americanas. Cuando se vieron dueñas de sus propios destinos, carecían –pese a sus protestas de ser diferentes de su metrópoli– de una tradición propia de Estado, quitando alguna ornamental referencia a incas o aztecas. Así pues, hubo que acudir al ideal de república en cuyas virtudes cívicas se educaba todo joven de la época. Los Estados Unidos (tan privados de tradición nacional que a su patria le pusieron por nombre una definición) erigieron su Capitolio. Otras naciones se pusieron bajo la dirección de triunviratos y consulados, y apareció también la latina magistratura del dictador, que tanto habría de zarandear al continente por los dos siglos siguientes. Se sacudía el polvo también a otros términos como curul o prefecto, igual que cobraba nuevos bríos la poesía virgiliana y horaciana, amén de una estética de partenones y matronas con gorros frigios. El resto es otra historia.

Pero sucede que en esta fase de la misma, o sea en Perú, se nos aparece una extremada división. En un extremo, una república, más que vieja, envejecida por la corrupción y por la marginación de las masas más empobrecidas. En el otro, las susodichas masas deseando mayor bienestar y participación en la vida pública, además de muy dispuestas a creer que su pobreza es consecuencia de la riqueza de los otros. Y cada extremo tiene su caudillo: su Pompeyo (Pompeya, bueno) para aquellos; su César los de acá.

Y en medio, por poco tiempo, Cicerón. O sea, el intelectual que no procede del sistema del caudillaje político, por más que haya participado en la plaza pública hasta extremos, a veces,heroicos. Y que de buena gana no hubiera querido tener que optar entre la oligarquía inmovilista y la demagogia populista, pero, puesto a escoger, opta por la primera porque parece al menos garantizar un básico sistema de libertades. Por más que sea consciente de cuánto se ha robado a su espalda, lo prefiere a que le roben abiertamente. O por más que deba tragarse los anteriores desprecios de Pompeyo o sospecharse, como decía Lucano en su Farsalia, que tan tirano pueda acabar resultando este como César.

Los dados, como este dijo –el de verdad– están lanzados. Quiera Dios que no hayan de acabar en Farsalia ni en idus de marzo, como ha pasado tantas veces y en tantas formas en los dos siglos que han seguido a  la batalla de Ayacucho. Tal vez ahí está, inconscientemente, la más radical razón de que nos hayan acabado conociendo como América Latina.

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