En un libro viejo: Un boleto

(Donde azorineo un poco más)

Sigo hojeando Félix Vargas a largos intervalos. El solaz no reside en la lectura, sino en el tacto de las páginas marfileñas, en el aprecio de las curvas de su gruesa tipografía. Repentinamente, entre las hojas se enciende el vivo carmesí de un rectangulito de papel.  Lo tomo entre dos dedos con miedo de arrugarlo. En letras albas reza FEDERACION / NACIONAL / BUSES Y TAXIBUSES / DE CHILE.

Del rojo al amarillo. Corre el último año del siglo XX. La carrocería jalde de las microbuses y su densa maraña de rutas en la vieja capital fundada por Pedro de Valdivia como Santiago del Nuevo Extremo. De la comuna de Macul al Campus de la Universidad de Chile, dilatada línea recta en la micro abarrotada. A veces hago el trayecto guindado del último peldaño del vehículo, que mantiene su puerta abierta. El pavor que me inspiraba este viaje, a las pocas semanas se ha tornado en bizarría.

Al terminar mi jornada de estudio, suelo partir a otras comunas −así se nombran los cuarteles que dividen la ciudad−, o bien al centro de Santiago. Eludo cuanto puedo todo tipo de automóviles, y me aviento a las redes del metro o bien confío en el vigor de mis piernas. “Caminaste harto”, me suelen ponderar cuando, por la noche, narro mis caminatas ya de regreso en mi pensión. Olisqueo parques, museos, bibliotecas, librerías, cines y centros culturales. Tarareo una canción decimonónica apenas aprendida: Ya no tengo patria ni amores…

Después de un parque en que se alza el monumento a Arturo Prat, el héroe de Iquique −Muchachos, la contienda es desigual… −, entre el río Mapocho, tumultuoso y turbio, y el cerro de San Cristóbal, aguarda aquel café-librería que se llamaba, quién sabe si se llama todavía, “La Orquesta de Cristal”. Allí aprovecho el insólito hallazgo de ese ejemplar de Félix Vargas, pues no muchos meses antes he comprobado las terapéuticas virtudes del estilo de su autor.

De la atracción desbordante, algo desasosegadora, de los libros, me acaba arrancando, sin embargo, la de la mesa, de la conversación y de la vida bullente y pasajera. Estudiantes de lejas tierras han recalado en esta capital del fin del mundo y platican sin descanso sobre todo lo que se quiera saber de sus países.

Dos luminosas muchachas francesas, sin embargo, no son estudiantes. Lo eran en su país, mas ahora por unos meses se han resuelto a abandonar las aulas, juntar ahorros y recorrer la América Meridional. Ellas sí que han caminado harto. De país en país, de ómnibus en ómnibus, de albergue en albergue, no tienen más plan que el de su fecha y aeropuerto de regreso. En los parques y plazas que hallan de su gusto, una de las dos tañe la flauta mientras la otra hace bailar un títere para solaz de los paseantes. Y yo también me huelgo de escuchar, pisco sour en mano, sus andanzas.

La amena relación va apagando, aunque nunca del todo, tantos buenos consejos y exhortaciones recibidas. Colegas, asesores y tutores llevan años, con suceso, apremiándome a acabar mi carrera cuanto antes, a emprender mi posgrado cuanto antes, a coronar mi doctorado cuanto antes. Aseveran todos que esta carrera mía es para corredores de fondo, mas también para velocistas. Nadie, sin embargo, me ha llegado a dilucidar nunca el porqué de tanta prisa.

Heme aquí, en fin, en un café de Santiago de Chile, abocado a hurgar entre libros porque, al fin y al cabo, no sé tañer la flauta ni poner una marioneta en danza.

2 pensamientos en “En un libro viejo: Un boleto

  1. Lo releí y no me defraudó, aunque quizá no todos disfruten de la prosa de Azorín, más poética que narrativa, con más acción interna que externa. Y luego, la anécdota: haber ido hasta casi el fin del mundo para encontrar la primera edición de un autor tan “español”. Quizá sea una prueba de la popularidad que alcanzó en América, a la que me referí en la anterior entrada.

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