Aquel “País del agua”

El primer poema propio que me atreví a leer en público espero que esté debidamente olvidado por cuantos lo escucharon o llegaron a recibir una copia, que alguno hubo. Se titulaba “País del agua”, título evidente calco de Graham Swift, y poetizaba un corto trayecto en tren, desde El Berrón (mi pueblo) hasta Oviedo. Tras un tiempo de creerlo bueno, y uno mayor de creerlo malo pero guardarlo con cariño, ahora contaré por qué, esta vez sí que acabé por deshacerme de él, o sea, de borrarlo de cuantos archivos digitales pude hallar a mi alcance.
Creo que impedirme releerlo es el último acto de gratitud que puedo tributarle. Ya no me podrán avergonzar de nuevo sus engolamientos de poeta principiante, ni sus vaivenes entre la cursilería, el prosaísmo y los juegos de palabras facilones. Su compasiva lectura ya no podrá distraerme de su feliz recuerdo como el primer poema que leí en un recital, donde fue a su vez compasivamente escuchado y aplaudido. Me atreví a hacerlo porque en él, también por vez primera, me tomé el serio esfuerzo de acercarme a la claridad expresiva y la serenidad de tono y ritmo, de extraer poesía de mis paisajes y experiencias cotidianos, en versos bien medidos sobre la base del heptasílabo. Es decir, de dejar de hacer poesía confesional y declamatoria. Estaba dejando, en fin, la adolescencia.

Con cosas como esta

También sucede, por último, que entre aquellas decenas de versos buceaban dos expresiones (“derrama claridad”, “carne de agua”) tan afortunadas que me negué a renunciar a ellas, y años después las repesqué de aquel modesto país de agua para darles mejor sitio, en poemas que han sido publicados y más de una vez, sin pena alguna y hasta su poquito de gloria.
De manera que no me arrepiento de aquella redacción ni tampoco de aquel recital. Ambos me dieron pie para mejores obras y actuaciones. Por suerte, además, nunca fue publicado. A estas moralejas que ofrezco al poeta amateur, añado otra tercera: que revise y destruya su obra, si así lo merece, sin dudarlo, pero que no lo haga poema a poema, sino verso a verso: una vena de verdadera poesía puede brillar a veces no sólo dentro de un mal libro, sino hasta de un solo mal poema.

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