Campus conclusus

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Cuando hace medio siglo se fundó mi universidad, sus terrenos quedaban fuera de la ciudad de Piura. Que esta última se fuera luego expandiendo sin ningún orden ni concierto reveló la prudencia de dos medidas para delimitar el futuro campus.

La más ambiciosa y esforzada fue plantar un bosque de algarrobos. Este ha acabado dando lugar a un rico ecosistema de aves y especies mayores como zorros, iguanas y venados. Hasta me han contado que hasta quisieron regalarnos un oso hormiguero arborícola,[1] pero al final no pudo ser. Una pena.

Será por ese origen desértico y silvestre que, dentro de sus límites, las edificaciones de la universidad hayan crecido también de manera no voy a decir que caótica, pero sí visiblemente irregular. En el plano de mi campus no se descubre simetría ninguna; las veredas que unen unas construcciones con otras no hacen sino sancionar con cemento la trocha que los estudiantes han ido trazando, con aplicado paso, durante los años anteriores.

Un sinólogo que hace años nos visitó  me hizo ver cómo, mientras que otras instituciones tienden a un diseño “confuciano”, simétrico y jerárquico, la nuestra era, sin habérselo propuesto, un ejemplo de arquitectura taoísta, atenta hacia la transformación interior del individuo. Y eso que alojamos el Instituto Confucio de Piura.

Pero de otros interiores quiero hablar.

La otra medida que tomó la Udep para marcar sus lindes, más prosaica y realista para estas tierras de tala furtiva (el Día del Pollo a la Brasa, algunos quisieran llamarlo Día de la Deforestación Nacional), fue la de rodear con un muro todo el perímetro del campus.

“La brutal tristeza del ladrillo”,como la llamó Rafael Morales, probablemente lo salvara de ser fagocitado por Piura Páramo, que le tiene un hambre de la que dan testimonio muchas de las casas que ahora nos rodean, cuyas ‘fachadas’ traseras, ciegas y deslucidas, se encaraman literalmente sobre nuestra modesta tapia. Se ve que los constructores vieron en esta la oportunidad de ahorrarse unas docenas de ladrillos.

Desde dentro del campus, resulta extraño contemplar la fea trastienda de esos edificios sin enlucir ni tarrajear. Valdría la pena encomendárselos a un buen muralista o grafitero. Mientras tanto, cuando paseo junto a esas paredes intrusas tengo la sensación de vivir a espaldas –completamente a espaldas, pues apenas alguna ventana se abre en dirección al campus– de un trozo de ciudad. Hasta imagino a veces que, en desbocado frenesí inmobiliario, el cerco se extiende y nuestro campus (que es también silva, por sacarle jugo al latín) acaba convertido en el patio de vecindad más grande del mundo, con una de las mayores ciudades del Perú ignorando su masa de árboles por atender su denso tráfico –y cosas peores–, que tan en paz nos ha dejado durante estos meses de cuarentena.

 

[1] *”Tamandua” en mis viejos libros, siempre con querencia por las denominaciones guaranio-brasileñas de la fauna sudamericana. No sé si tiene algún otro nombre más peruano.

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