‘The Arrival’: asincronía y eternidad

(Alerta, destripoilers)

Con el retraso debido veo La llegada de Denis Villeneuve, el mismo afortunado director de Blade Runner 2049. Para mi magra perspectiva, la película supone un hito, en lo que se refiere a narradores no fiables (si es que se puede hablar de narrador en el cine), equiparable a Stage Fright de Hitchcock. Ya no es que las imágenes del recuerdo del “narrador” representen el relato de un mentiroso, o bien hechos imaginarios que no llegan a verificarse: en este caso, muestran anticipaciones que, no obstante, el espectador no avisado interpretará rutinariamente como recuerdos. 

Esa rutina no procede de otra cosa que de la intertextualidad: cierto tipo de secuencias que interrumpen la acción principal suelen presentarse siempre como flashbacks. Además, a todos nos suena haber visto en otras películas la figura de la profesional solitaria volcada en su trabajo tras una triste pérdida familiar. Soterradamente, en las escenas de la filóloga Louise Banks (Amy Adams) junto a su hija, ya gravemente enferma, se deslizaba una posible pista: a la chica se le notaba tal vez muy crecida para una madre tan joven.
Otra sorpresa que me deparó la película vino a propósito del tema tan traído y llevado de los viajes en el tiempo. Tal como se suele presentar, este da la oportunidad a los héroes no de escapar a un destino conocido antes de ser alcanzados por él—que es un sello de lo trágico— o de afrontar las consecuencias de sus actos —que es lo verdaderamente heroico—, sino de cancelar estos como si de borradores o de ensayos se trataran, y reemprenderlos hasta que finalmente salen a su gusto. Sin embargo, la heroína de La llegada, aun siendo conocedora del dolor que se avecina, no hace nada por evitarlo.
Se necesita algo de tiempo, tal vez algún indicio (Louise recibe el primer abrazo de su amado comentando que había olvidado su modo de abrazarla) para comprender que, de hecho, no sucede que la protagonista se haya transformado en adivina, sino que la distinción de presente, pasado y futuro ha dejado de tener importancia para ella. Todos los momentos son igualmente presentes: recuerdo y anticipación tienen el mismo valor, y por ello el gozo tiene en su vida la misma permanencia que el sufrimiento.
No es que haya recibido un “superpoder”, sino que, con la nueva lengua extraterrestre que ha aprendido, ha adquirido una nueva manera de ver el mundo (teoría bastante extendida en la realidad pero con la que soy no poco escéptico): lo que en la tradición cristiana se llama eternidad y que sería muy complejo discutir si un ser humano podría, con toda su finitud, soportarla a lo largo de su vida terrena.
Una forma mínima y humana de acercarse a ella pudiera ser la práctica de la lentitud, de la asincronía, de la inactualidad (no de la impuntualidad, porque no se trata de perjudicar a nadie). Yo, por ejemplo, podría haber visto La llegada cuando se estrenó, o haber escrito este comentario cuando la vi, y ahora estar escribiendo algo sobre el coronavirus igual que todo el mundo.

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