Gato de porcelana

Me gustas cuando callas

Me gustas cuando callas…

Según cuenta uno de sus alumnos, Julián Marías, Ortega y Gasset recomendaba a sus alumnos dedicar una hora diaria exclusivamente al ejercicio de pensar: “Se hacen unos músculos increíbles”, aseguraba.

Supongo que el creyente puede convertir esos momentos prescritos por Ortega en espacios para la oración; el que lo sea menos, atenerse a Antonio Machado: Converso con el hombre que siempre va conmigo / –Quien habla solo espera hablar a Dios un día…

A mí, sea como sea, lo que me lleva a dar la razón al filósofo español no es el haber adoptado conscientemente esa disciplina, ni tampoco que mis horas de meditación solitaria me hayan convertido en ninguna lumbrera del pensamiento o la espiritualidad contemporáneos. Pero haberme tomado siempre momentos, a veces largos momentos, para rumiar lo vivido, lo percibido, lo entendido; en soledad o incluso a costa de callar rodeado del rumor de otras voces; me ha permitido aprender a hacerme mucha compañía.

Es terrible el pánico que puede infundir encontrarse postergado, cual convidado de piedra, en cualquier medio del que no podemos escapar físicamente. Hace mil años, dos compañeritas homónimas que tuve en clase de Italiano querían aprender yoga para poder, en aquellas fiestas donde hubieran dejado de hacerles caso, imaginar que se convertían en un pájaro azul. Yo nunca he alcanzado esas cimas tibetanas de la meditación oriental, pero creo que sí he llegado a sentir, en mitad de inmóviles reuniones donde la mitad de los concurrentes resoplaban como yaks, la quieta paz del gato de porcelana (china, naturalmente).

Eso, por fuera. Por dentro, a pensar. Convocar todo aquello que llevas acogiendo una vida entera: tu próxima maceta, recontar y desentrañar películas y libros, recordar cosas que te sucedieron, contarte las que les sucedieron a otros, ucronotopías de todo tipo, lo mal que marcha el mundo, discusiones que no tendrás jamás o epílogos tardíos a aquellas que ya tuviste, ir de tu corazón a tus asuntos. Todo vale. Hacerlo en segunda persona ayuda mucho. Todo con la misma pasión que Jaromir Hladík ante el pelotón de fusilamiento, claro que con mucha más variedad y menos prisa.

Mucho mejor esto que pasarme al banco de los audífonos por miedo al silencio más que por amor a la música; a los dependientes del hilo musical que ya lo piden —y hasta obtienen— incluso en sus trayectos de ascensor

El regreso de la imaginación al mundo suele ser el de un superviviente. Y me reafirma en una gran verdad: Solo se aburren los tontos; máxima despiadada pero que es pellizco de monja al lado de los consejos que literalmente me daban de pequeño mis seres más queridos (v.gr. ¿Te aburres, niño? ¡Pues date cabezazos contra la pared!).

3 pensamientos en “Gato de porcelana

  1. Hola Manuel, un saludo
    A mí me contó un amigo, que en la sala de espera de un banco él era el único que estaba pensando en sus cosas, sin móvil en la mano. Todos los demas tenian la mirada fija en su pantallita. Eso a mí me parece muy bien: el chat suple a la conversación, las páginas de noticias al periódico, el video juego a los pasatiempos de revista, o sea no me voy a poner puritano porque aliviaran la espera con un aparato digital en lugar de con papel y lápiz o hablando con el vecino. Lo peor era que cuando todos levantaban la vista de su móvil y miraban a mi amigo, lo hacían con recelo, como si fuera el proverbial bicho raro, un sospechoso enfermo mental…

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s