De recuerdos y trofeos

Maletín

Todos tenemos pertenencias que guardamos como recuerdo, porque ciertas personas han puesto amor en ellas para entregárnoslas. Otras, en cambio, se guardan como trofeo: somos nosotros quienes en ellas hemos depositado, si no amor, alguna otra pasión, hasta lograrlas adquirir y atesorar. 
En este sentido, quizá el objeto más valioso de mi casa, porque participa de ambas condiciones, sea mi cubertería. Y eso sin habérmelo propuesto.

Mi familia, o sea padres y hermanas, llegó a Piura en vísperas de mi boda, con las maletas llenas a reventar. Tal vez lo que más abultara de todo el cargamento fuera aquel pesado maletín azul marino con cierres de combinación. Al abrir estos, se descubrían tres pisos de relucientes tenedores para carnes, pescados y postres; de cucharas, cucharillas y algún cucharón; de cuchillos y de palas.
Allí se mostraba también, igual de abierta y reluciente, una promesa de años de mesas compartidas en pareja, en familia y amistad, como en efecto ha sucedido. Ya no brillan tanto como entonces, claro, pero no será por no haberles dado buen uso.
Yo admiraba el regalo, el primero para mi nuevo hogar, mientras mi madre me ilustraba sobre lo que prometía ser un lindo recuerdo:
— Nos lo regalaron unos clientes hace años. Decidimos que iba a ser para quien primero se casara de vosotros…
Lo que lo convirtió en trofeo fue la coletilla, casi halagadora, del final:
— La verdad es que nunca imaginé que fueras a ser tú.

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