Aburridos sin caudillos

A finales de enero, ni la fecha exacta recuerdo ahora, tenemos elecciones en Perú. Pero, como son solo al Congreso, no le importa a nadie. Nunca se me había hecho tan patente la índole caudillista de nuestra democracia. Nadie se interesa por alguien cuya función será el diálogo desde un breve escaño: lo queremos monologando desde un palacio.

Recorro las calles de mi capital de provincia y no se ve nada de la efervescencia propagandística de años anteriores, cuando se votaba tanto al ejecutivo como al legislativo. Ni más actividad de propaganda, ni más dinamización social que multicolores carteles de partidos ignotos, exhibiendo igualmente ignotas caras sonrientes.

(Bueno, alguna puede que me suene de algo, pero no del ámbito de la política).

Poco después leo las declaraciones de Beto Ortiz, y parece que me ha leído el pensamiento desde Lima. Al menos, en lo de lo anodino y aburrido que está resultando el proceso electoral: se diría que lo más recordado de él será cierta anécdota, sucia y resbaladiza, hinchada como pompa de jabón. También en cómo lo único que moviliza a los votantes, en definitiva, es la obligatoriedad del voto, nefasta institución que hace que los políticos no pongan la mitad del esfuerzo que deberían en seducir (convencer, cada vez se lleva menos) a los ciudadanos.

veintiseis-abril-kDjC-U302357764260CMI-620x430@abcLa falta de entusiasmo entre las masas, y de líder que se lo despierte, me traen a la memoria aquel clásico chiste de Mingote sobre las elecciones a las Cortes de una España donde el único que mandaba era un Caudillo con mayúsculas, que no dependía de los votos de nadie. No pretendo, por supuesto, comparar a Franco con Vizcarra ni a la dictadura española de entonces con la actual república peruana. De hecho, el parangón que siempre hago, cuando hay campaña electoral en el Perú, es más antiguo: con el feudalismo medieval.

Es entonces cuando normalmente presenciamos la entrada en campaña de candidatos a la presidencia carentes, como los reyes de antaño, de fuerzas propias: lo que hacen es convocar, cual otros Carlomagnos, a sus barones, cada uno de los cuales les aporta su pequeña mesnada local de caballeros y peones, o sea cargos y votantes. Como muchos de esos barones se toman sus lazos de vasallaje de manera muy laxa, al estilo de auténticos condottieri —su primera lealtad es con los de casa—, esto nos suele permitir, de un año a otro, entre sufragio y sufragio, ser testigos de más cambios de lealtades que en Juego de tronos.

Pero este mes no hay reyes en liza. Desde esta esquina del país (y parece que también desde la capital), apenas se nota algún intercambio de dardos. Las masas no se alistan, porque el botín es evidentemente poco codiciado. Quién lo iba a decir cuando, parece que ayer, tantos celebraban la disolución del congreso: a lo mejor se quedaron tan contentos, que ya no quieren otro. O prefieren no entusiasmarse con el nuevo, para así poder protestar contra él, sin cargo de conciencia, cuando de nuevo haga falta desahogarse.

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