Del Cid o de los Cides

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 El cronista anónimo se lo hace decir a ese mismo pueblo en el viejo romance del Cid, y uno recuerda con frecuencia sus palabras cuando considera la triste historia de nuestras gentes, que siempre dieron lo mejor de sí mismas, su inocencia, su dinero, su trabajo y su sangre, viéndose en cambio tan mal pagadas: «Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor» (Arturo Pérez-Reverte, El capitán Alatriste,VI).

En fin. Que allí, en Santa Helena, el Enano seguía haciendo memoria. A vueltas con los españoles y el Cid, la cita era algo del tipo «qué buen vasallo que fuera si tuviese buen señor» (Arturo Pérez-Reverte, La sombra del águila VIII).

Y confirmando así unos y otros, rojos y azules, otra vez en  nuestra triste historia, aquel viejo dicho medieval que parece nuestra eterna maldición nacional: “Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor” (Arturo Pérez-Reverte,  Una historia de España LXXXI)

No llego a más citas. Creo que había otra del mismo estilo en El húsar, primera novela del escritor, pero no la tengo a mano para refrescarme la memoria. En todo caso, estas poquitas me llevan a recibir sin mucha sorpresa el anuncio de que el autor de El capitán Alatriste va a dedicarle un libro a Rodrigo Díaz de Vivar. La noticia me ha llevado más bien a preguntarme cómo es que ha tardado tanto. Es de esperar que esta vez le saque jugo a otros pasajes del Cantar, del romancero o de la historia.

Como héroe mítico, el Cid parece condenado a cabalgar entre dos confines: el del nacionalismo exultante, que no reconoce en él más que un idealista y eficiente matador de moros; y el del nacionalismo frustrado, para quien el Cid encarna el triste destino de un país de héroes inexplicablemente dirigido por truhanes y rufianes.

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Igualmente múltiple, su figura no ha emanado una sola leyenda o mito, sino varios. En primer lugar, el héroe individual, ejemplar y desmedido que evoca el romancero. El mismo de los trágicos amores con Jimena, que pasando por Corneille llegan hasta la película de Anthony Mann, a la que tampoco faltaba aliento épico, con aquel Charlton Heston encarnando al adalid de una España ideal e integradora de cristianos y musulmanes.

Luego estaba el susodicho buen vasallo que, en los versos del Cantar, permanecía leal a su rey a pesar de calumnia,[1] faceta cidiana bastante más publicitada que la de entregado padre de familia que se gana la vida honradamente, como buen pirata de tierra firme, expoliando villas de moros (y, de paso, a un conde de Barcelona) para así obtener un capitalito que asegure buenos matrimonios a sus hijas.

El mismo Cid histórico, en el que parece que tampoco se inspirará la serie con la que Amazon nos amenaza,[2] resulta un personaje histórico fascinante aun olvidando su larga estela literaria. No me voy a meter ahora en futuribles a lo Menéndez Pidal, sobre qué hubiera sido de Europa si Rodrigo no hubiera cortado el paso a los almorávides en Valencia. El mero hecho de verse ascendido de magnate de la corte castellana (su origen modesto parece que fue una halagadora leyenda posterior) a soberano independiente ya lo vuelve curioso y excepcional.[3]

Le he escuchado a algún que otro revisionista (o sea, aguafiestas en el argot de quienes mezclan ideología con historia) afirmar que Alvar Fáñez el Minaya, el “diestro brazo” de Rodrigo en los versos del Cantar de Mío Cid, tuvo mucha más relevancia histórica que este, que lo mencionan más las crónicas árabes, o que sus conquistas fueron más duraderas para el reino de Castilla… Puede ser. El Cid participaría en menos campañas que Alvar Fáñez, pero venció en todas en las que estuvo. Su gran logro histórico, la conquista de Valencia, se deshizo tras su muerte, pero eso lo equipara a otros personajes excepcionales de la historia y la leyenda, cuya obra se desmorona porque sus herederos no logran alcanzar su altura: Alejandro, Arturo, Carlomagno. Rodrigo actúa como un mercenario en vez de como un capitán del rey, pero precisamente este tipo de heroísmo funcionarial o delegado suele cautivar menos la imaginación popular. El Minaya le daría a Castilla parte de lo que hoy llaman Castilla-La Mancha, pero me atrevo a pensar que cualquier otro lo hubiera hecho antes o después. En cambio, el vacío que la ausencia del Cid hubiera dejado en la cultura española habría sido imposible de llenar.

[1] De las pruebas de que no era tan apegado a su rey don Alfonso como proclama el manuscrito de Per Abbat, ninguna me llega tan hondo como el que devastara mis amadas tierras de la Rioja (que señoreaban los condes de Nájera, como aquel García Ordóñez que es, claro, uno de sus antagonistas del poema)

[2] Lamento parecer prejuicioso, pero no quería desaprovechar la paranomasia.

[3] Y me barrunto que también con un cierto sello de cultura andalusí: es en la España musulmana donde, por aquellos turbulentos siglos de los reinos de taifas, vemos cómo muchos nobles ascienden al trono por la fuerza de las armas, como Zafadola o el Rey Lobo.

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