Vindicación del unicornio

Kid playing with stuffed animal

De es.123f.com

Por totémicas causas ancestrales, o simplemente por, como diría Aristóteles, complacerse en las imitaciones, el ser humano lleva fabricando figuras de animales desde que aprendió. Que en algún momento empezara, además, a dejarlas en manos de sus cachorros para que jugaran con ellas debe de proceder de su conciencia de ser rey de la creación, hoy cada vez más vergonzante. La satisfacción de imponerse a la bestia y domarla bien puede abrirse dándole a esta una apariencia inofensiva, que permita al niño dormir abrazado a ella, o que la arrastre y sacuda a su sabor cuando tenga ganas de pelea.

El penúltimo animal sometido a la omnipotente imaginación infantil debe de ser el dinosaurio.
diplodocus
Pienso en mí mismo en casa de la abuela, con menos años vividos que dedos en la mano. Una chica, que será mi tía en un futuro, me muestra la figura de juguete de un animal insólito. Se llama diplodocus y, para hacérmelo entender como animal verdadero, pero extinto, me lo presenta como “el abuelo de los lagartos”.
Esta especie que acababa de descubrir, una quincena escasa más tarde invadió multitudinariamente el imaginario infantil, gracias a cine y televisión. El éxito absoluto de la invasión, sostiene mi colega P. S., se debe a que el dinosaurio es percibido por el niño como “mascota virtual” y a gusto del consumidor. Supongo que tiene mucha razón. Yo, imagino que al igual que muchas personas, disfrutaba más de las ficciones anteriores a esa divulgación y vulgarización de la paleontología, cuando el espectador miraba aquellas bestias antediluvianas con la misma falta de familiaridad que los aterrorizados humanos que se tropezaban con ellos en los libros y películas de turno, desde Verne y Conan Doyle. Digamos que, a todo el misterio ancestral y el horror físico que podría evocar hoy el famoso microcuento (Cuando despertó, el dinosaurio etcétera), bien podrían añadirse hoy día interpretaciones bastante más dulces y blandengues: lo comprobé hace años sometiendo a mis alumnos a cierto ejercicio creativo.
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Ya metidos en mascotas virtuales, pienso que es el unicornio la última y curiosa víctima de este afán domesticador de los niños (siempre alimentado, claro, por adultos que se forran a costa de los padres). Una criatura fabulosa, en este caso, que del mundo del mito y del símbolo, encarnación de la virilidad y la virtud, ascendió al arte y a la heráldica para descender luego al empalagoso abismo del cajón de los peluches. Y tan luego: para mí que ha sido en cosa de un par de décadas, o menos, que la televisión y los escaparates nos han inundado de ponis con la testuz coronada de una especie de zanahoria fosforescente. No son tan antiguas, sin embargo, las recreaciones de este animal que, aunque pudieran pasar por poco adultas, lo revestían del misterio y majestad que les debían sus orígenes: La historia interminable de Ende, Legend de Ridley Scott, el imaginario de Dungeons & Dragons… Si algo conserva de su glorioso antepasado la ñoña caricatura de los canales infantiles, es su sumisión ante el eterno femenino. Igual allí se encuentra la madre del cordero, digo del unicornio.
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Por mostrar aquí un fragmento de buena literatura en honor de los buenos tiempos del caballo (para otros autores, ciervo) unicorne, reproduzco aquí este nuevo fragmento de El año del cometa, que recrea la escena emblemática de la seducción del fabuloso animal. Quedan fuera, por fuerza, múltiples detalles de exuberante erudición soñados por el maestro Cunqueiro, como el hecho de que las babas del unicornio dejan, sobre el vestido de las doncellas, un tenue rastro de oro puro:
800px-Französischer_Tapisseur_(15._Jahrhundert)_001… el ciervo salido de la oscuridad saltó la baranda del quiosco, y aterrizó ante la virgen. Era unicornio. Yo veía el erguido, luminoso cuerno, blanco, rematado en una afilada punta marrón. Según los tratados, debería hacer tres reverencias antes de tocar con el hocico la falda de la niña. ¡Las hizo! Y apoyando la cabeza en el regazo, cerró los ojos, y se durmió. La virgen cruzó los brazos sobre el cuello del cérvido, y se durmió a su vez. Como es sabido, ambos tienen el mismo sueño, con la diferencia de que la virgen se ve en él en figura de ciervo, y el unicornio se ve en figura humana. Se encuentran bebiendo a un tiempo en el remanso del río, y las imágenes de ambos, reflejadas en el agua gracias a la luz propicia del menguante, se unen en una sola. En este momento, se acaba el sueño, y ambos despiertan a la vez. El unicornio se levantó de manos, y pareció intentar herir con su cuerno la luna. Bramó, como el corzo en celo en el bosque, y saltó la baranda del quiosco, camino de la noche y su refugio secreto. La niña había perdido su esplendidez y su halo, y corría ahora hacia su casa… (“Anuncio del cometa”, V).
P. S. Mi reconocimiento también a Pixar, que vuelve a burlarse en el clavo… 

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