La lectura lapicera: desazones y consuelos

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Imagen prestada de aquí

Una secreta vergüenza por la que a menudo mi memoria ha de pasar: en plena primera lectura de un libro, descubrir unas marcas de lápiz inconfundiblemente mías junto a cualquier renglón o margen. Como para preguntarse, con desazón, para qué leer tanto si nunca alcanzarás a reunir todas las lecturas que quisieras, y de las que llegaste a alcanzar tampoco retendrás más que un vago recuerdo, o  un rastro de grafito en una página olvidada.

Hay mejores consuelos para ello que el de la resignación o el mal de muchos (enterarse, por ejemplo, de que Ireneos Funes los hay muy pocos y los que existen tienen sus serios problemas intelectuales). El mejor para mí ha sido cuando, después de haber leído y anotado un texto por segunda o enésima vez, en un ejemplar distinto al de la primera, pude comparar mis glosas y subrayados en uno y otro lado. Porque resultó que venían a ser prácticamente las mismas.
¿Y qué? Pues y mucho. Que después de aquella preocupación por la debilidad de mi memoria, recibo una prueba de constancia y estabilidad de entendimiento. De lectura a lectura, tal vez se me haya de olvidar todo (y ojalá fuera tan solo en las lecturas), pero sigo llevando conmigo lo que verdaderamente importa.
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