My Whatsapp killed the telephone call

(Sintonía)

Los habituales llantos, aún no coplas, por la muerte de la carta a causa de internet son comprensibles si se aplican a todos los artistas del género epistolar que hayamos podido conocer, entre los que han visto su obra publicada y también los amigos de buena pluma con los que hayamos podido mantener correspondencia. Sin embargo, a lo largo de la historia, la mayoría de los seres humanos no han pedido a la epistolografía otra cosa que una comunicación eficaz. Ni la han ejercitado con conciencia artística, ni tampoco usado para asuntos que nos tuvieran que interesar. Apenas pudieron ir reemplazando la carta por el telegrama, el teléfono, el mensaje de texto, el correo electrónico (medio que, por otra parte, permitía igual la redacción de extensas cartas), el chateo y las redes sociales, los muy humanos emisores lo hicieron sin el menor remordimiento por estar extinguiendo una tradición alimentada durante siglos por san Pablo, Plinio el Joven o Madame de Sevigné.

Con menor amplitud y trascendencia, un cambio de hábito que me ha parecido observar e incluso experimentar (¿o seré yo el único?) está en el género de la conversación telefónica. Si el ascenso de la telefonía móvil nos volvió mucho más locuaces, aunque fuera sólo por la disponibilidad técnica en todo momento y lugar, la irrupción en esos mismos aparatitos de los programas de chat creo que nos ha tornado singularmente pudorosos para hablar. Por ejemplo, si ya a poca gente le gustaba improvisar mensajes para los contestadores automáticos, hace años que ni dejo ninguno grabado, ni ninguno me dejan tampoco, porque resulta más fiable, por pensado y meditado (scripta manent) el mensaje de texto.
Pero hay más: cuando, para el contacto inmediato con mis amigos, dependía  exclusivamente del teléfono, marcaba el número y preguntaba por ellos apenas imaginaba que la hora era propicia. Si no contestaba, insistía más tarde; igual que, sin problema alguno, si alguien me decía que no estaban o que no era el mejor momento. En cambio, desde que el chat sirve para pedir cita para la llamada, ahora se prefiere no llamar por segunda vez o evitar una respuesta negativa. La llamada no llegará por sorpresa, precedida de ¿puedo hablar contigo? ¿cuándo podríamos? Y luego a esperar respuesta.
El método no es más ni menos eficaz que el anterior: quien quiera hablar contigo lo hará. Pero cómo me cuesta reconocer, en esa sorprendente timidez que el chat me ha inoculado, al ávido telefonero de otros tiempos.
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