(Sobre) El castellano de Tarzán

Pigmeos

Escolios a un texto implícito (quien lo quiera explícito, pinche aquí)

Para Antonio Guardiola, con gratitud entre otras cosas

Primero: Aun habiendo podido titular la entrada “El español de Tarzán”, cambio el nombre del idioma por su sinónimo. En parte, por obvia alusión al título de la página donde se publica el artículo. Y, también, por evitar que algún iniciado en la materia piense que me estoy refiriendo a un individuo de nacionalidad española. En las novelas de Edgar Rice Burroughs recuerdo que aparecían dos. Tarzán el indómito presentaba el hallazgo del cadáver centenario de un aventurero español: no ocupaba mucho pero el efecto era gratamente misterioso. En Tarzán el terrible, en cambio, ya actuaba un compatriota mío, Esteban Miranda, cuyo aspecto físico resultaba ser casi idéntico al del rey de los monos, lo cual lo convertía en un peligroso antagonista. Tardé en conocer la existencia de este personaje ambicioso y traicionero porque el primer lugar donde debería haberlo encontrado, las páginas de Tarzán entre pigmeos (sosa manera de retitular Tarzan and the Ant-Men), su presencia se evaporaba misteriosamente, y eso que en el original generaba una importante trama secundaria. Sin duda fue un caso de patriotera censura o autocensura.

Segundo: Mi hallazgo en internet de Emilio A. Martínez Amador como primitivo traductor de las novelas de Tarzán fue en este enlace. En cuanto a mi evocación de la Edad de Plata, en esta brillaron los traductores igual que los poetas: por aquellos mismos años, recuérdese como lo estoy haciendo yo, Jorge Guillén pasaba al español el Cementerio marino de Valéry; y si hoy día conocemos ciertas novelas con los sonoros títulos de Por el camino de Swann (Du côté de chez Swann) o Retrato del artista adolescente (A Portrait of the Artist as a Young Man) se lo debemos respectivamente a Pedro Salinas y Dámaso Alonso.

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Otra opción

Tercero: La distinción entre riqueza léxica y pedantería puede tomar como término de comparación, en el extremo opuesto a la trabajada prosa de las novelas de Tarzán, otra larga serie de novelas populares que también descubrí en mi adolescencia y, en este caso, sí que recibieron por mi parte más atención de la debida: el ciclo de fantasía de la Dragonlance. La saga sacó muchos más tomos que los diez que me leí, pero, entre otras cuestiones argumentales con las que tampoco perderé el tiempo, me harté de ella a causa de un lenguaje cada vez más afectado, donde parecía que lo importante era no designar nada con la palabra más sencilla. En vez de “mágico” se repetía “arcano” o “esotérico”; en vez de “espada” te encontrabas con “tizona”; de “dragón”, “leviatán”; de “concurso” o “competición”, “certamen”. Los diálogos iban perdiendo naturalidad de libro en libro: un personaje le decía a una personaja “observo que tu tez se ha tornado verdosa“, o el minotauro que comprobaba la calidad de su hacha comentaba “excelente, debe de ser de factura enanil“. El caso es que se entendía todo, pero parecía confundirse buena escritura con escritura rara. Cosa que le sucede también a alumnos míos, pero ellos tienen al menos la excusa de que aún les falta mucho que aprender, y no van por ahí empastando su escritura relamida ni cobrando por ella.

Dragonlance

Cuarto: Martínez Amador alcanzó la cima de su virtuosismo léxico en Tarzán el gran jeque, peculiar traducción para otro título también impreciso, Tarzan Lord of the Jungle. En esta aventura, el héroe se topaba con una civilización perdida (y tan perdida) de descendientes de cruzados ingleses del siglo XII que nunca habían llegado a Tierra Santa. En el título no estaba la única excentricidad, pues Martínez Amador tuvo la genial ocurrencia de pasar la lengua de los habitantes del Valle del Sepulcro al español medieval, con tal minucia que, al final del libro, incluía un indispensable glosario de términos para facilitar la lectura. Tengo a mano una versión más reciente del libro, a cargo de Edhasa en los años 90, pero esta, aunque tiene la prudencia de titularse Tarzán, señor de la jungla, presenta un lenguaje asaz descafeinado en comparación con aquella que yo leí. Compárese:  

(Primitiva edición de Gustavo Gili) “Él se faz llamar rey, mas nos atal non lo apellidamos nunqua alguandre. Bohún e las sus escuelas viven alent el val. Son atantes como nosotros, e siempre somos en guerra con ellos”.
(Reciente edición de Edhasa) “Se hace llamar a sí mismo rey, pero nosotros nunca nos dirigimos a él como tal. Él y sus partidarios moran en la parte opuesta del valle. Son, quizá, tantos como nosotros, y siempre hemos estado en guerra con ellos”.

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