Mariscada literaria

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Nunca podría haber metido todos mis pasajes culinarios favoritos, análisis incluido, en unas breves páginas sobre comida y literatura. Así que aprovecho para juntar aquí a dos grandes, Herman Melville y Leopoldo Alas, unidos por el siglo XIX y, en este caso, por unas recreaciones de banquete muy estimulantes. Suculentas vaharadas de palabras que mezclan vidas imaginadas con recodos de la experiencia, unos más lejanos que otros, como tal o cual cebichería peruana, mercado chileno o pueblo de mi Asturias. De estas conjunciones salgo convencido de que en el fondo de una cazuela bien servida bien se puede encontrar el coraje necesario para perseguir titánicas ballenas, o para abandonar las más firmes vocaciones filosófico-docentes:

220px-Herman_Melville_1860Cuando la humeante cazuela llegó, el misterio quedó deliciosamente resuelto. ¡Oh, dulces amigos, escuchen esto! Estaba hecha de pequeñas almejas jugosas, apenas más grandes que una avellana, mezcladas con galleta marinera desmenuzada, cerdo salado, el conjunto enriquecido con manteca y espléndidamente condimentado con sal y pimienta. Como el gélido viaje había exacerbado nuestro apetito (y para colmo, como Queequeg vio ante sí su pez favorito), y como la cazuela estaba más allá de toda ponderación, nos la despachamos sin demora. Entonces, echándose hacia atrás un instante y pensando en el anuncio «almeja-bacalao» de la señora Hussey, lucubré un pequeño experimento. Fui hacia la puerta de la cocina y pronuncié la palabra «bacalao» con gran énfasis. Después volví a mi silla. En pocos minutos reapareció el sabroso vapor, pero con un aroma diferente. Y oportunamente depositaron ante nosotros una maravillosa cazuela de bacalao (Moby Dick, cap. XV)
LeopoldoAlasClarinCon los mariscos hacía primores. Si se trataba de dejarlos como Dios les crió, con todos sus encantos naturales, sabiendo a los misterios del Océano, doña Tula conservaba el aroma de la frescura, el encanto salobre con gracia y coquetería, sin menoscabo de los fueros de la limpieza; pero si le era lícito entregarse a los bordados culinarios del idealismo gastronómico, hacía de unas almejas, de unas ostras, de unos percebes o de unos calamares platos exquisitos, que parecían orgías enteras en un bocado, incentivos y voluptuosos de la pasión más lírica y ardiente… ¿Qué más? El mismo Zurita, entusiasmado cierto día con unos cangrejos que le sirvió doña Gertrudis sonriente, llegó a decir que aquel plato era más tentador que toda la literatura erótica de Ovidio, Tibulo y Marcial (Zurita, cap. V).

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