Lope de Aguirre, príncipe de la ficción

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Rufianes que se meten en Venezuela dándoselas de libertadores, los hay desde hace mucho. Lope de Aguirre, tras su muerte en Barquisimeto, dejó siglos de fama siniestra tras de sí, tal vez no por haber sido cuantitativamente más sanguinario que otros conquistadores, sino porque prefirió gastarse la ferocidad, en lugar de con los indios, con españoles y criollos,* incluidos sus propios secuaces que progresivamente lo iban abandonando. Así pues, cierta posteridad ha sido con él tan injusta como con Stalin, que si hubiera excluido de sus millones de víctimas a los comunistas, limitándose como su padrino Lenin a burgueses, polacos, ucranianos, monárquicos, socialdemócratas, anarquistas, granjeros y cristianos, todavía estaría acompañando a su exjefe en el mausoleo de la Plaza Roja.**
22408599794En la literatura, tal vez ningún conquistador de las Indias haya recibido tributos más recordados que Lope de Aguirre, aunque, en sentido estricto, este jamás fuera un conquistador. A partir del siglo XX, la revisión de las crónicas ha permitido apreciar mucho más la ambigüedad y desmesura del gran rebelde contra la monarquía indiana. Yo recomendé en su momento para Castellano Actual la novela El camino de El Dorado (1947), de Arturo Uslar Pietri. Igualmente, si no hubiera conllevado extender demasiado la nota, podría haberme referido a Ciro Bayo, autor del primer libro literario completo sobre Aguirre del que tengo noticia. Los marañones (1913) sigue muy de cerca las crónicas de Indias, y de hecho tiene más de crónica que de novela, por más que se le noten las ganas de componer una ficción de aventuras sobre el personaje. Bayo recrea y sintetiza la información histórica de manera muy amena e intercalando sus propias impresiones de viaje, género del que fue pionero en lengua española.

la-aventura-equinoccial-de-lope-de-aguirre-ramon-j-sender-d_nq_np_890380-mla27349921127_052018-fEn La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1947), de Ramón J. Sender, se aprecia mayor interés que a Bayo y Uslar por crear un trasfondo de ficción, por más que continúe apegándose mucho, en el planteamiento de la trama, a la historia documentada. La personalidad del héroe se contrapone, sobre todo, con la del ausente rey de España y con Pedrarias de Almesto, el cronista que, con su mirada distante y escéptica, juzga a Aguirre como un personaje que ha carecido de las circunstancias propicias para mostrar su grandeza. Aparecen grupos humanos de especial interés: los vecinos de la isla Margarita son presentados por Sender, viejo anarquista exiliado tras la guerra civil española, como una burguesía ociosa e inepta que, al verse sometida repentinamente a un régimen de terror, pierde todo atisbo de dignidad; en cuanto a los sirvientes negros de los que Aguirre se vale como verdugos, se constituyen como una especie de siniestro ‘coro’, ajeno tanto a indios como españoles, que observa proféticamente el desastre hacia el que se encamina la expedición.
1661504Lope de Aguirre, príncipe de la libertad (1979), de Miguel Otero Silva, es ya un relato más moderno y libre en su construcción, que mezcla registros, voces y discursos (narrativo, dramático, cronístico…). Da mayores alas a la fantasía y narra la infancia del héroe, nacido bajo el signo de la rebeldía y la marginalidad, y su juventud, en la que ve frustrados por la injusticia del poder sus deseos de hacer fortuna o, simplemente, llevar una vida tranquila junto a su hija. Esto permite un discurso más complejo, en el que Aguirre dialoga con las acusaciones que la historia dirige sobre él, y que en la tercera parte cae en la apología directa. No es casual que en Príncipe de la libertad se recuerde ampliamente la reivindicación del personaje por Simón Bolívar: al igual que este, Otero Silva retrataba al singular rebelde del siglo XVI sobre la plantilla de su propio ideal revolucionario, en tiempos bien distintos.
9200000087023568Por no dejarme nada, incluyo Daimón (1978) de Abel Posse, aunque aquí lo que importe, más que el episodio histórico, es la excusa que da este y el medio que proporciona el personaje de Lope de Aguirre para un recorrido onírico a lo largo de toda la historia de América, desde los tiempos de la conquista hasta la propia época del autor. Al estilo de Terra nostra de Carlos Fuentes o de los preciosos y afortunadamente breves capítulos alucinatorios de Noticias del imperio, el autor traza un vistoso mural, o caleidoscopio, de personajes, escenarios y situaciones que tratan de abarcar una compleja realidad americana en la que el tiempo transcurre a golpe de repeticiones. También son bastante repetitivas las tesis que oponen la civilización occidental a las bondades del buen salvaje.
No voy a demorarme en otras recreaciones modernas de Lope de Aguirre que conozco fuera del género narrativo. Está el drama Lope de Aguirre (1941) de Gonzalo Torrente Ballester, denso y discursivo, sobre el tema de la ambición de poder al estilo de Shakespeare y con algunas referencias en clave a la (entonces) reciente historia de España. Y luego, las dos producciones cinematográficas: Aguirre, la cólera de Dios, de Werner Herzog, algo estrafalaria y que para mi gusto no llega a la altura de las otras obras épicas que filmó su autor con Klaus Kinski (Fitzcarraldo, Cobra Verde); en cuanto a El Dorado, de Saura, su plúmbea fama ha sido hasta el momento más fuerte que mi curiosidad.
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* La observación es de Julio Caro Baroja, creo.
** La observación es de Martin Amis.
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