Mito y peligro del lector

La pasión por los libros, como cualquier otra pasión, a menudo conduce a desenfocar los campos de la realidad donde no alcanza. Es entonces cuando se piensan, o mejor dicho se dicen, lugares comunes cotidianamente desmentidos:  la gente que vemos pegada a su celular no lee; lo importante es leer sea lo que sea, sin preocuparse de la selección y el buen gusto; las opiniones políticas que contradicen las nuestras se quitan (“se curan”, si tenemos el día arrogante) con la lectura; el mero hábito de leer nos vuelve mejores personas; hay altos y ocultos poderes particularmente interesados en que no leamos…

Yo, entre opiniones y certezas, no saco en claro más que dos cosas. La una, que la lectura ensancha nuestro conocimiento de la realidad, y por tanto nos hace más perfectos (en el sentido de completos) a fuerza de revelarnos nuestra imperfección. Depende luego de la suerte de cada uno convertirse en un perfecto sabio o un perfecto ignorante (entre tantos otros vicios y virtudes que puede acompañar el adjetivo).  La otra, se la debo a Enrique García-Máiquez: “La vida es mucho más importante y maravillosa que los libros, efectivamente, pero eso se aprende como en ningún otro sitio en los libros”.
En todo caso, nunca he visto mejor argumentada la desconfianza del poder político hacia los lectores que en el siguiente testimonio de un antiguo servidor de Haile Selassie, ras Tafari y último Negus Negesti (rey de reyes) que gobernó la milenaria Etiopía. Quizá porque, en vez de atribuir una especie de poder mágico a la letra impresa, se basa en dos hechos tan simples y verdaderos como la natural curiosidad del lector aficionado y el diálogo que este, como todo irrepetible hijo de vecina, establece con el texto para interpretarlo como quiere o como puede. Las mismas palabras pueden inspirar, pongamos, al héroe o al santo, al cínico o al rebelde:
Nuestro Señor opinaba que incluso la prensa más adicta no debía aparecer en abundancia, pues tal exceso con el tiempo podría crear el hábito de leer y de ahí no hay más que un paso al hábito de pensar, y ya se sabe la de disgustos, sinsabores, tormentos y quebraderos de cabeza que esto acarrea. Porque una cosa puede estar escrita con lealtad pero ser leída sin ella; alguien empezará leyendo escritos leales pero después querrá alguno desleal, y de esta manera entrará en un camino que lo irá alejando del trono, desviará su atención del desarrollo y lo conducirá hasta los alborotadores (Ryszard Kapuściński, El Emperador, Barcelona, Anagrama, 2003 (5°ed.), pp. 138-139).
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Un pensamiento en “Mito y peligro del lector

  1. Me has hecho acordar de “Un pez llamado Wanda”, cuando discutían Kevin Kline y Jamie Lee Curtis: “-¿Yo macaco? ¿Acaso los macacos leen filosofía? -Sí, pero no la asimilan”.

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