Primer pago a Elena Fortún

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Considerándolo en frío, imparcialmente, es posible que haya escritores que cito mucho menos que otros, y a los que sin embargo debo mucho más. Que entraron en mi vida mucho antes, que arraigaron en mi gusto y mi memoria de manera perenne y a los que, lo más importante, he vuelto repetidas veces, aun después de décadas sin mirarlos, y siempre con la misma afición o mayor todavía.

Es el enorme caso de Elena Fortún. Devoré de niño casi la colección casi completa que teníamos de Celia y su mundo, vencidos los iniciales recelos (al fin y al cabo, sus iniciales destinatarias eran mis hermanas, que por su parte le hicieron más bien poco caso). Ya de universitario, aprovechando que la serie de TVE puso a Celia otra vez de breve moda, compré unos pocos títulos de los que nos faltaban, y una vez más, muchos años más tarde, tenté con ellos a mis hijas.

457134No solo tuve éxito, sino que descubrí que Renacimiento llevaba unos años reeditando la obra completa de la autora, de manera que hoy por fin, peinando canas, puedo presumir de tener conmigo toda la colección de Celia (juntando, eso sí, tomos de tres editoriales distintas).

Por si dos niñas lectoras no fueran suficiente para cubrir mi deuda con Celia, Cuchifritín y Matonkikí, me he animado a recomendar sus aventuras en Castellano Actual. Lo cual me tomo, además, tan solo como esbozo de un artículo más grande, que ya colgaré otro día con menos prisas.

Se me ha pasado la Navidad sin colgar del blog una sola entrada a las fiestas alusiva —ni elusiva—. Pero como  el tiempo ordinario no empieza hasta el domingo, y en mis alacenas aún quedan un par de turrones, cuelgo dos encantadores fragmentos de estos libros, uno en registro cómico y otro en trágico, que Elena Fortún dominaba ambos:

En el desván, mamá separó las maletas y los baúles de la pared, hasta llegar a una caja de madera, donde estaban envueltas en papel de seda, desde el año pasado, las figuritas del nacimiento. (…)
—¡Yo quiero bajar laz figuritaz, que para ezo zon míaz!
—No puede ser, que las romperás
—Puez quiero. Puez quiero…
—¡Qué niña más mala! —dijo Pili— ¡Siempre ha de rabiar por todo!
—¡Que yo laz llevo, que zon míaz!— Matonkikí daba unos chillidos como si la estuvieran matando, y papá Tomas gritó desde abajo:
—¿Qué le hacéis al ángel? ¿Por qué llora de ese modo?
Entonces mamá cogió todas las figuritas y se las puso en la falda, haciendo que la sostuviera con las dos manos
—Toma, fiera, toma… Llévalas tú y no chilles más… ¡Señor, qué criatura!
Matonkikí, aún sollozando, bajó delante de todos, con la falda recogida y los muñecos dentro
—Baja con cuidado —recomendaba mamá—; baja con mucho cuidado para no caerte… No tan cerca de la barandilla, criatura… ¡Ay!
¡¡Patapún!!
Todos gritaron, porque, a pesar de las recomendaciones, Matonkikí se cayó rodando por la escalera, rompiendo las figuritas y haciéndose un chichón en la frente como un huevo.
No se puede decir cuánto lloró, qué gritos se oyeron en toda la casa y cuáles fueron las lamentaciones de papá Tomás mientras sostenía una moneda apretada contra la frente de su hija:
—¡Claro! ¡Si esto tenía que pasar! ¡A quién se le ocurre dejar a la pobrecita criatura llevando tanto peso y con las dos manos ocupadas!
Con esto Matonkikí redoblaba los gritos para demostrar lo desgraciada que era y el abandono en que la tenían.
(Matonkikí y sus hermanas)
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Por la noche encendimos las velas, y al abuelito le dio tos y fatiga. (…) Sin embargo, nos dejó tocar el pandero y cantar villancicos. Hasta el tío José cantó (…)
¡Huy, cómo desafinaba!
Así nos encontró papá al volver a la hora de todas las noches, y se paró en la puerta
—¿Estás loco, José?
—No, hijo, no…; mejor dicho, sí, un poco. En mi casa se ha cantado siempre la Nochebuena y yo he estado muchas veces delante del Nacimiento con mi padre y tu mujer, como ahora está Teresina conmigo y con Celia… Ven tú también con nosotros a cantar la Nochebuena…
Le hizo sentarse a su lado, y Teresina se subió a sus rodillas y se abrazó a su cuello. ¡Papá lloraba! Tío José volvió a cantar, como si no lo advirtiera, y mi hermanita, que en verdad no se enteraba, cantaba con él. Yo cogí a mi padre una mano y la tuve entre las mías hasta que nos llamaron a cenar.
(Celia, madrecita)
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