‘Desayuno con diamantes’: el escritor y sus problemas

Desayuno en Tiffany's novela

Hace ya demasiados años, tempus fugit, los compañeros de la revista Magenta organizamos un ciclo de cine bajo el mismo subtítulo de arriba.  La última película del ciclo, oh casualidad, era Capote de Bennett Miller.

A mí, de la adaptación que hicieron Blake Edwards y George Axelrod de la breve novela de Truman Capote, Desayuno en Tiffany’s, me llaman la atención no solo los tópicos de la comedia romántica (bien reconocibles, pero muy curiosos teniendo en cuenta cómo transforman el texto literario), sino también la importancia que adquiere en la película la figura del escritor, profesión de su protagonista masculino. El personaje de Paul Varjak es tal vez el cambio más sustancial de la película con respecto a la novela, en cuanto que, en esta última, lo que convertía al innominado narrador-personaje en confidente de Holly era precisamente la falta de una relación amorosa entre ellos.

Podemos empezar por referirnos a la caracterización más primaria: el nombre y la apariencia física. Cualquier personaje cinematográfico lo tiene mucho más difícil que uno literario para rehuirlas, como hace por ejemplo el narrador de Desayuno en Tiffany’s. Este no da su nombre, no describe su apariencia (Holly da a entender, que, en comparación con su hermano Fred, es más bien bajito), y de su vida revela poco más que su condición de escritor que aún no logra publicar. El lector poco informado –y sin ganas de estarlo más– bien pudiera caer en la tentación de identificarlo con el mismo autor del relato, Truman Capote. Lo cual, por otra parte, hubiera explicado el hecho de que Holly no viva ningún romance con su vecino y paño de lágrimas, pues Capote, pese a su trato con las musas, no es que fuera ningún Apolo, y en materia de sexo no le interesaban las mujeres.

Capote

En cambio, George Peppard es todo un ejemplo físico de cierta promoción de galanes de finales de los años 50, que tal vez aspiraron a tomar el relevo de las ya talludas estrellas masculinas del Hollywood dorado. Me llama la atención el parecido físico, casi fraterno, de Peppard con otros actores de ceja espesa y labio prominente que se pusieron de moda por aquella época, como Robert Wagner, Warren Beatty, George Hamilton (más algunos menos gloriosos… todavía), a quienes la competencia de la televisión y el cansancio de los modelos clásicos del cine de Hollywood probablemente impidieron elevarse a la categoría de mitos del cine norteamericano. Pero, en fin, a la Holly Golightly de la película le falta esta perspectiva histórica y, desde luego, un vecino con la apariencia de George Peppard es alguien de quien tiene bastantes probabilidades de enamorarse. No solo la amistad, sino la belleza tenían que acudir en ayuda del muchacho para compensar su falta de recursos económicos.

galanes

George y los susodichos

Esta distinción entre el personaje literario y el cinematográfico trae sus consecuencias. La primera de ellas, como hemos visto, es la de que Paul debe convertirse en algo más que un mero testigo y transmisor de cuanto se refiere a Holly, y esta debe ceder parte de su protagonismo absoluto. De hecho, Paul tiene su propia historia, toda una trama secundaria protagonizada por él y entretejida con la historia de Holly. La historia de un escritor sin inspiración, con un libro de cuentos que al parecer logró cierto éxito de crítica, aunque varios años después siga sin dar a luz ningún otro. A juzgar por la caja que conserva consigo, ni siquiera ha conseguido vender toda la edición de Nueve vidas. Habla de que “se supone” que no debe malgastar su talento en prosas breves y escribir una gran obra; y no queda claro  si es una obligación externa o que él se impone a sí mismo. Yo, teniendo en cuenta que el único personaje que conocemos con “poder” sobre Paul es Tooley, me inclino a echarle la culpa a ella. Es muy probable que esta señora se sienta entusiasmada por servir al guapo muchacho no solo como amante y decoradora, sino además como mecenas.

Tooley

Es sabido que redactar una novela extensa puede llevar años de trabajo, pero Paul, en su dorada y confortable jaula, no parece tener prisa por llevarlo a término. En esta única dimensión que conocemos de la vida del personaje, Paul se nos revela, al igual que Holly, como un impostor. Del mismo modo que ella interpreta el papel de mujer sofisticada, Paul se las da, en sus fantasías al menos, de gran novelista. Pero, a diferencia de Holly,  él se contenta con una seguridad sin ambiciones. Su impostura está representada por ese cajón aún lleno de sus libros, por su departamento de lujo huachafo y, sobre todo, por su máquina de escribir, utensilio que se revela como un puro adorno cuando, en la primera conversación con Paul, Holly le hace notar que no tiene cinta para la tinta. Cinta como la que ella misma le regala, en un momento discreto pero crucial para la trama que afecta al escritor renuente.

Paul corresponde al obsequio con un ejemplar de su libro de cuentos para su “nutrida” biblioteca. Es decir, que por vía de la simpatía que se inspiran y por muy poco dinero, Paul encuentra en Holly una lectora y una impulsora de su carrera literaria. Pero lBibliotecaa muchacha no solo suministra material de trabajo a Varjak, sino también inspiración. Un momento más recordado de la película, aunque consecuencia del episodio del regalo, es aquel en que por fin, una mañana, vemos al escritor haciendo restallar las teclas de su máquina, y comprobamos que está empezando a redactar un cuento, ya no esa aplazada y difusa “gran novela” con que se excusaba de su fracaso. Un cuento que trata, justamente, de su amiga, y cuya redacción se ve interrumpida cuando la escucha cantar. Paul acude a la ventana trasera para descubrir desde allí a una Holly “auténtica” y solo para sus ojos. Ya no es el alocado maniquí de sus fiestas. Aquí viste jeans, está sin maquillar, se recoge el cabello con una toalla y canta una canción, “Moon River”, que evoca los campos del Sur de donde procede, y la compañía del buen amigo.

También ella se interrumpe al verlo. Musitan su breve diálogo: —¿Cómo estás? —Escribiendo. — ¡Bien!, sonríe Holly.

Moon River

Paul Varjak ha recuperado en ese momento la autenticidad con la ilusión por escribir, aunque eso signifique renunciar a sus sustanciosas dietas como gigoló y ganarse la vida con sus publicaciones. El primer cheque, de hecho, lo celebran con un primer día juntos de paseo por Nueva York. Paseo en el que no faltará, para soñar un rato, la visita a Tiffany’s.

Tiffanys

Es curioso que, en la novela, la profesión del narrador-personaje como escritor tenga menos relevancia en la trama, y también que quien se arroga la autoridad de influir negativamente en la obra del narrador sea la propia Holly. La frase con que la chica expulsa a su amigo de su habitación (“Se tarda cuatro segundos en llegar a la puerta. Yo te doy dos”) termina la primera discusión entre ambos. En la película, lo que la ocasionaba era echarse en cara mutuamente el vivir de sus amantes; en cuanto al libro, es el amigo quien se enoja con Holly cuando ella menosprecia sus cuentos como poco interesantes y le exhorta a escribir cosas que “den dinero”, por más claro que esté que el único contacto de la chica con la literatura ha sido la película de Cumbres Borrascosas.

Si, en la novela, Capote muestra cierto desdén por la muy alimenticia escritura para el cine, la adaptación de Axelrod transforma el trabajo de escritor en una forma de recuperar el entusiasmo por la vida, si se paga a cambio el peaje de la sinceridad con ella. Algo sobre lo que conviene pensar a quienes toman la pluma o el teclado de cuando en cuando, y comparten el fruto con los demás.

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