‘Desayuno con diamantes’ o la comedia romántica en su esencia

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Que Desayuno con diamantes haya resistido por mi parte un buen número de revisiones demuestra que posee la solidez de la que están hechos los clásicos. Blake Edwards y George Axelrod adaptaron con este film, muy libremente, el modélico relato de personaje creado por Truman Capote*, que se así vio convertido en una muestra canónica –e icónica– de la comedia romántica.

Desde mucho antes del cine, el amor es un ingrediente grato y hasta necesario en todo tipo de relatos. ¿Qué cosa puede haber sin amor buena?, se preguntaba Alonso de Ercilla en el canto XV de La Araucana (primera parte). No por nada la película estándar tiene “chico” y “chica”, y la premiación estándar se concede al mejor actor y a la mejor actriz. El género cinematográfico que solemos llamar romántico, comedia o no, lo que hace es introducir el amor como núcleo de absoluto interés para la trama y los personajes, a veces hasta los extremos más inverosímiles. Desayuno en Tiffany’s reúne elementos tan típicos como, en lo argumental, el encuentro inicial de los dos jóvenes protagonistas, de caracteres, proyectos y estilos de vida opuestos (bien visibles en que él lleva una vida sencilla en un piso lujoso, mientras que ella vive como un miembro de la jet set pese a habitar un departamento pelado y sin amoblar); que desemboca en una amistad que los saca de sus rutinas y, finalmente, en un amor definitivo.

Depa Holly

… ambiente de campamento a punto de ser levantado, cajas de embalaje y maletas, todo cerrado y listo para la partida, como las pertenencias de un delincuente que sabe que la ley anda pisándole los talones… (Truman Capote)

Este, sin embargo, no se consumará sin pasar previamente por desencuentros o falsas rupturas que no harán sino demostrarles que no pueden vivir el uno sin el otro. Tampoco puede faltar la recurrencia de espacios u objetos evocadores: rincones identificables de Nueva York como la joyería Tiffany’s o la biblioteca del Estado, o el modesto anillo para el que piden allí una inscripción. Parece también inevitable la presencia de un leit-motiv musical, la canción “Moon River” en este caso, que en numerosos momentos y con diferentes ritmos sostiene la mayor parte de la banda sonora de la película.

Anillo

 El final de esta es el que quizá podría resultar, al mismo tiempo que típico de una historia romántica, algo controversial dados los cambios culturales de las últimas décadas. En famosas escenas bajo la lluvia, Holly abandona en el último momento su propósito de continuar en Sudamérica su estilo de vida errante y ambicioso. Es decir, renuncia a sus sueños y transforma su vida por amor a Paul, el fiel amigo que la ha acompañado en sus momentos más difíciles y que no se parece en nada, por pobre y por desinteresado, a la corte/cohorte de pretendientes y protectores que rodeaba a Holly en su vida de elegante juerguista neoyorquina. No en vano, a pesar de las diferencias entre ambos, estos dos vecinos, amigos y enamorados comparten una afinidad fundamental: ambos viven unas vidas sustancialmente inauténticas de cara al mundo, es decir, Paul de cara a su amante y Holly de cara a sus galanes e invitados. Solo el uno al otro se irán mostrando su forma de ser verdadera: no es casual que la secuencia en que por primera vez se manifiestan su amor sea la de un literal desenmascaramiento. 

Careta 

Si la careta de Paul era de perro, animal que quiere sin condiciones, Holly ha escogido la del gato, cuya especialidad es dejarse querer.** Según algunos críticos de la película, Holly acabará adoptando el pasivo papel de heroína romántica tradicional, destinada a depender de un hombre (lo cierto es que su sueño era también depender de un hombre, pero al menos este debía ser millonario). La contundente frase con que, durante su discusión en el taxi, Paul intenta retenerla a su lado (“Me perteneces”), hiere y no poco nuestra sensibilidad en estos días en que es noticia tan frecuente la violencia ejercida contra las mujeres, en muchos casos a causa de un inhumano sentimiento de posesión.

Sin embargo, hemos de recordar en descargo de Paul que, al cerrar esa conversación con una aparente ruptura, hace la afirmación de una ley de vida que también le incluye a él, y Holly quiere ignorar: “las personas se pertenecen unas a otras”. El amor se rige por la reciprocidad. Al salir del taxi rechazado por Holly, Paul se identifica ahora con ese gato sin nombre con el que se identificaba y que ella misma quiere ahora expulsar de su lado, exigiéndole que sea libre igual que ella pretende serlo. Sin embargo, ni sus propios sentimientos la llevan ya por ese camino ni tampoco aquellos que la aman (hombre y gato) desean otra cosa que permanecer a su lado. Es cierto que ella debe olvidarse de sus fantasías de vivir como una millonaria o una artista de cine, pero también lo es que, recíprocamente, Paul ha renunciado a su anterior ambición, igualmente difusa, de ser un “gran escritor”, y lo ha hecho gracias a Holly. De esto hablaré otro día.

Imagen1

Final feliz (para los tres)

 

*La película se estrenó también con el título de Diamantes para el desayuno –lo vi en Netflix–, y también otro que no pronunciaré.

Muñequita

Uf

** No sería yo si no recordara en este punto la comedia de Enrique Jardiel Poncela El amor del perro y el gato. También evocaré cierta entrada mía del pasado, con versos incluidos.

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