En el principio fue un sapo: sobre Kenneth Grahame y J.R.R. Tolkien (y 4)

1. Vuelta a El viento en los sauces (y a Tolkien)

2. Progreso amenazante, magia ancestral

3. La peligrosa tentación del viaje.

4. Hidalgos y compañeros.

river

Las “víctimas” de la fiebre andariega, tanto entre los hobbits como entre los animales parlantes, responden en general a un mismo perfil humano o social. Salvo rara excepción, unos y otros son un trasunto del esquire inglés: llamémoslos hacendados, hidalgos o “rentistas” que disfrutan –salvo el Sapo- de un ocio fácil de llenar. La escritura y el excursionismo, visitas y meriendas, parecen ser sus principales ocupaciones, aparte del cuidado de su propia hacienda que se sobrentiende.[1] El peligro –relativo en el caso de Tolkien, innegable en el de Grahame– es el de la mencionada insatisfacción que saca a los héroes de su casa; hay que decir que en este sentido los hobbits, aunque afronten con más o menos entusiasmo la aventura, no suelen hacerlo por motivos egoístas. Por su parte, de los amigos de El viento en los sauces, los dos ociosos por excelencia son el Sapo (rico) y la Rata (poeta), y son precisamente ellos los más tentados de abandonar el hogar: ambos padecen la cierta inestabilidad o excentricidad que el narrador de El hobbit y El Señor de los Anillos atribuye a las mejores familias de La Comarca, como los Tuk. En el caso del Sapo, incluso, cabría atribuirle un carácter análogo a la familia hobbit de los Sacovilla-Bolsón, es decir, de los “nuevos ricos” a quienes no les basta el bienestar, sino que buscan la ostentación, lo cual acaba atrayendo la desgracia sobre su mundo en forma de devastación o forasteros indeseables.

Sapo

Punto y aparte en ambas historias es el sólido referente en que se erigen sus respectivos héroes “humildes”: el Topo y el Tejón en El viento en los sauces, Sam Gamyi en El Señor de los Anillos. Podríamos decir que son los “Sanchos” que contrapesan el romanticismo de sus compañeros. Aunque, por una parte, sufren de  cierta ingenuidad que los desarma frente a sus amigos con más “mundo”, su inteligencia práctica y sentido común les convierten en sólidos y confiables. El trasunto ahora es el del campesino inglés, visto con cariño y, en el caso de Tolkien, con la admiración nacida de quien vio a aquella abnegada casta acompañar a sus oficiales, cargando más y pidiendo menos que nadie a cambio, en el infierno de las trincheras de la Primera Guerra Mundial.[2]

Esta igualación entre el campesino y el hidalgo nos recuerda otro de los valores que podemos considerar fundamentales tanto en el universo de Tolkien como en el de Grahame: la celebración de la amistad. La vida sencilla pero muelle solo adquiere valor cuando se comparte lo que se tiene, comidas y aventuras, festines o migajas. La prodigalidad de los banquetes de los hobbits es más aludida que descrita por el narrador; en cambio, en El viento en los sauces se verbaliza en varios momentos de enumeraciones que pueden, según el talante en ese momento del lector, abrumarlo o hacerle la boca agua. Aunque mi episodio favorito, en este sentido, sea cuando en el capítulo quinto el Topo regresa a su hogar subterráneo después de una larga ausencia, a pesar de la que se acaba improvisando un alegre festín junto a la Rata y otros casuales invitados. Las viandas salen no se sabe de dónde, y aunque sencillas (“¡Ni paté de foie gras, ni champán!”), saben a gloria. El anfitrión tiene a menudo una botella escondida, un poco de queso y pan en un rincón, que da milagrosamente para todos; entra a la casa para compartir con su amigo una parte importante de su vida, y la despensa premia esa confianza. Quien lo probó lo sabe.

En ese vitalismo del individuo sencillo, compatible con la latente y melancólica insatisfacción con el mundo; y también en esta doble valoración de lo que se posee y lo que se pierde. Desde ese gozo del presente, infantil en el mejor de los sentidos, El viento en los sauces y las novelas de J.R.R. Tolkien se iluminan recíprocamente.

[1] A causa de este sobrentendido, en su ensayo “Sobre la historia o fábula”, C. S. Lewis rechaza esta explicación de tipo social: los personajes de El viento…, aunque disfruten de la libertad de acción de los adultos, son al mismo tiempo como niños que “no tienen responsabilidades ni preocupaciones domésticas y no han de luchar por la existencia” (en De este y otros mundos. Ensayos sobre literatura fantástica, editorial Alba). Igual identificación con el mundo de la infancia establece Gustavo Martín Garzo en su prólogo a la obra de Grahame (Anaya, 2006). Sin embargo, para las aventuras del Sapo hay momentos en los que cobra especial importancia la preocupación por perder o ganar dinero, por arruinarse o simplemente alimentarse.

[2] Valgan como ilustración dos citas de Tolkien recogidas por Humphrey Carpenter en su biografía del escritor, la segunda de ellas con comentario del biógrafo: “Mi Sam Gamyi es en realidad un reflejo del soldado inglés, de los asistentes y soldados rasos que conocí en la guerra de 1914, y que me parecieron tan superiores a mí mismo(II, 8); “‘Los hobbits son simples campesinos ingleses, pequeños de tamaño, porque esto refleja el alcance generalmente escaso de su imaginación, aunque de ningún modo de valor o de energía latente’. Para decirlo de otro modo, los hobbits representan el encuentro de una imaginación escasa con un gran valor, lo cual (como Tolkien había visto en las trincheras durante la primera guerra mundial), con frecuencia conducía a la supervivencia, contra toda probabilidad” (V,1).

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