‘El último’ de Murnau: milagro en el Atlantic

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Der letzte Mann, película de F.W. Murnau de 1924, cuenta  una historia tan sencilla como melodramática. El portero del lujoso hotel Atlantic vive orgulloso de su profesión, atendiendo exquisitamente a sus opulentos huéspedes. El actor que lo encarna es Emil Jannings, quien, como en el personaje que encarnaría años después en El ángel  azul, emana una autoridad destinada a degradarse. Del hotel al modesto barrio donde vive, siempre porta con orgullo algo infantil su imponente uniforme, mientas que sus vecinos lo respetan hasta la devoción. Sin embargo pasa un día, oh desilusión,[1] que al atravesar la cotidiana -y ahora simbólica- puerta giratoria del hotel, se cruza con un nuevo y más vigoroso hombre uniformado. La dirección del Atlantic ha relegado al protagonista, por su avanzada edad, a los servicios de limpieza en los baños del hotel. Reducido a la invisibilidad de los demás trabajadores, la vergüenza lleva al Portero a robar por las noches el magnífico uniforme para regresar a casa con él puesto. Pero  la verdad no tardará en saberse, y el vecindario humilla y rechaza al ex portero, que prefiere pasar la noche en los aseos del hotel. Allí encuentra la compasión del vigilante nocturno, a quien devuelve el uniforme robado.

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De https://www.zrss.si/projektiess/skladisce/podpora_solam/Festival%20dobre%20prakse_Rogla_01.07.2009/Deutsche%20Filmgeschichte%20Version%20longue/

Aunque aquí no acaba la película, se podría decir que aquí acaba la historia. Antes de seguir, hago un inciso para referirme a la amplia consideración de obra maestra que tiene El último. Todo el relato que he resumido se desarrolla a pura imagen, sin necesidad de un solo rótulo con textos. Como en Nosferatu, la más famosa película de su director, la exageración de las actuaciones y la fealdad física trasladan de la sensación inicial de ridículo al malestar del espectador, compasivo en este caso.

Lo contado hasta el momento representa, por sí solo, toda una fábula moral de alcance muy diverso. Vale como drama sobre el mundo del trabajo y sobre la crueldad ante la desgracia ajena; también sobre la vanidad en la que se sostienen nuestros ídolos y nuestra propia autoestima. Algunos han llegado a reconocer  en El último una alegoría del contemporáneo militarismo alemán. Sin embargo, para mí nada gana en enjundia al inverosímil epílogo.

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Tras la imagen del Portero, mortalmente hundido, y del vigilante intentando consolarlo, aparece el único rótulo del filme para introducir un final feliz deliberadamente forzado. Recurriendo a la metaficción, el mismo texto anuncia el suceso como inimaginable en la vida real: el Portero recibe una inesperada herencia que lo convierte en huésped del Atlantic. Giros argumentales de este tipo los vemos igualmente en las sentimentales comedias de Chaplin, a veces por la vía del ensueño (a la que recurre Murnau también hacia la mitad de su película). Sin embargo, esta forma de distanciamiento no disminuye la emotividad. Conmueve, en primer lugar, sentir juntas la apoteosis del personaje y la conciencia de que esta es imposible tanto en la realidad como en la misma ficción, al contrario que otros futuros dramas sociales, pero mágicos, como Qué bello es vivir o Milagro en Milán.

En segundo lugar, el desenlace de El último conmueve también por su dimensión humanista. El Portero no solo se encuentra con sus necesidades cubiertas, dueño de la riqueza que le faltaba y que distribuye entre los necesitados en forma de invitaciones y buenas propinas. Este último que acaba siendo el primero da visibilidad a los débiles, y con ella dignidad. Igual que él mismo, convertido de fantoche uniformado en elegante caballero, muestra ahora una grandeza real y no prestada, exige que esta sea reconocida a los humildes. No llama tanto la atención a su amigo el Vigilante que le ofrezca un banquete, sino que lo siente a su misma mesa. Al cliente ricacho que acude al baño, no le reclama solo por la propina, sino por no dirigir siquiera una mirada a quien le ofrece la toalla. Sube al mendigo, finalmente, a su coche, se aleja del Atlantic y yo me quedo con aquella misma sensación de la última escena de Milagro en Milán, donde los pobres de este mundo partían en busca del país donde al fin se verían reconocidos como personas y “donde buenos días significa verdaderamente buenos días”.

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[1] Vieja fórmula narrativa castellana hoy en inmerecido desuso. Yo no la olvido gracias a cierto examen oral con una alumna china.

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