‘El festín de Babette’: cuando amar es recibir

Festín

“En 1871, durante una mañana de tormenta, Babette llega a un pueblo de Jutlandia, una aldea en la desolada costa oeste de Dinamarca, huyendo de Francia durante la represión de 1871. Es empleada como criada y cocinera en la casa de dos ancianas solteras, hijas de un estricto pastor, el cual ha frustrado todos los planes de ser felices de sus hijas. Allí vive durante catorce años, hasta que un día descubre que por fortuna ha ganado la lotería, y en lugar de regresar a Francia, pide permiso para preparar una cena de celebración del centenario del pastor” (resumen de Wikipedia).

Me hablaron por primera vez de El festín de Babette (Gabriel Axel, 1987) como de una película católica. El propio artículo wikipédico que he citado incorpora más adelante una breve interpretación en este sentido. Después de haberla visto tras décadas de curiosidad, no me parece una calificación desacertada, aunque tampoco mucho más acertada que otras que podrían basarse en estereotipos similares. Todo estereotipo, al fin y al cabo, se basa en una realidad y la exagera a su propio modo. Es decir, que en la película podemos contraponer la cultura  católica —la doctrina ni se menciona— a la protestante con la misma legitimidad o intención (véase aquí un desternillante ejemplo) con que podríamos oponer el temperamento de los países nórdicos, convencionalmente fríos y taciturnos, al de los países latinos, proverbialmente alegres y sensuales; o bien la cultura cosmopolita y mundana de la gran ciudad (que es París pero podría haber sido también la luterana Copenhague) a la enlutada y pobre aldea danesa que igualmente pudiera haber sido castellana.

Si hay una clave religiosa en El festín de Babette, me parece que es la de entender el amor no solo como donación sino como gratitud. Fue el amor al padre, antes que el abuso de autoridad de este, lo que parece haber frustrado las ‘expectativas de felicidad’ de las dos mujeres al conducirlas a sus melancólicas  renuncias. Sin embargo, su vida no queda estérilmente entregada a la compañía del viejo pastor, sino, con gran generosidad, a todos los pobres y ancianos que esperan de ellas, además de la palabra de Dios, el pan de cada día.

Siempre me han dado algo de pena, de la de verdad, aquellos que declaran (encima con orgullo) que a ellos nadie les ha regalado nada. Las hermanas, aunque sin orgullo alguno, sufren de la misma carencia: lo han dado todo en su vida, pero se han negado a pedir y recibir, a deberle nada a nadie. Hasta que, gracias a su prodigiosa cocinera francesa,  viven la oportunidad de dejarse querer.

En mitad del gran banquete, los primeros recuerdos gratos que los comensales llevan a la conversación son de su difunto pastor y maestro: no se da por perdida la vida que empeñaron en seguirlo, pero al calor de la gratitud de Babette, cobra un sentido más claro, y con ella celebran la hermosura del mundo entero. Incluso al salir del banquete, los invitados bailan un alegre corro bajo la misma luna de todas las  noches.

Por su parte, también Babette escogerá entre la aldea y el gran mundo, igual que hicieron sus amas tiempo atrás, después de haber dado lo mejor de sí misma en el festín.

 

2 pensamientos en “‘El festín de Babette’: cuando amar es recibir

  1. ¡Qué gran película! Y das en el clavo con tu interpeetación: las muchachas, en vez de recibir el amor que les ofrecían sus pretendientes, prefirieron darlo a su padre y a su comunidad. Cada uno tiene su manera de amar. Babette se gasta una fortuna en preparar un banquetazo de una noche a sus bienhechoras, y seguro que nunca faltaría en el pueblo un Iscariote que dijera que todo aquello se podría haber empleado mejor dándolo a los pobres.

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