Voluntad de bolígrafo

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Me acuerdo ahora de cierto bolígrafo nuevo y desechable, de plástico transparente, de esos que mi esposa me deja usar en el trabajo pero jamás en acto público (conferencias y demás).

Este, ni en privado daba gusto utilizarlo: salió malo. Lo llevaba al principio conmigo, en mi maletín o con mi agenda, pero sobre determinadas superficies se negaba a escribir hasta haber dejado feroces surcos y arañazos sobre la superficie del papel.
Sin embargo, como cada tanto tiempo todavía le daba por ceder, y a través de los reflejos azulados de su cuerpo se podría percibir su canuto cargador lleno de tinta, me daba lástima tirarlo. Por doblemente sensible: como hijo de papás que vivieron la posguerra, a las admoniciones sobre el ahorro; como hijo de la posmodernidad, a las propagandas sobre el reciclaje de los gobiernos y las ONGs que subvencionan.
Ahí estaba en su purgatorio el pobre lapicero: la tacita de Star Wars de mi escritorio donde suelo tener a mano algunos lápices y bolis. Nunca muchos, porque tienden a desaparecer. De ese modo, los lapiceros bonitos o los más requeridos en determinadas temporadas (los de tinta roja en época de correcciones) los meto bajo llave en mi cajón, y a la vista del público quedan, como extraño penacho para un stormtrooper, lápices usados, algún abrecartas que ya suena a objeto prehistórico y, por supuesto, bolígrafos defectuosos. Allí fue a parar este azul del que hablo.
Lo extraño del caso es que, desde entonces, nunca ha vuelto a fallar.
Si escribiera libros chistosos y olvidables, esto iría a un apéndice más de las reiteradas leyes de Murphy, que a todos se nos ocurren pero que solo unos pocos se meten a  escribir.
Si aprovechara esto, más bien, como un cuento de hadas, podría imaginar que el bolígrafo tan solo cuando estuvo libre, lejos de mis bolsas y bolsillos y junto a otros materiales de escritorio, volvió a recuperar la alegría y las ganas de trabajar.
Sin embargo, prefiero interpretarlo en un sentido moral: que empezó a funcionar cuando encontró, en esa exposición pública y dispuesta a ser usada o incluso robada por cualquiera, una vocación de servicio universal, que contradecía los egoístas designios de su amo para usarlo solo él.
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