Poca vida en el espacio

Me cae en las manos un curioso librito de hace un par de siglos: Exámenes de Matemáticas que sufrieron (sic) los alumnos de la clase de la Real Maestranza de Caballería de Granada el día 25 de agosto de 1806, amenizados con una Oración inaugural, y varias piezas de Eloqüencia y Poesía.* Un acta que promete ser tediosa lectura, aunque probablemente no le vaya en zaga ningún acto académico actual, y eso que todos parecen haber extirpado la poesía de sus programaciones.

Muchos de los poetas de la época de la Ilustración, incluso los más grandes, intentaron  hacer poesía de tema científico, con más tesón que fortuna: en poesía, ni la didáctica ni el afán de originalidad conducen siempre a buen puerto. En este caso, encontramos al final del libro una “Canción en elogio de las Ciencias Exactas” recitada por el académico Fernando Osorio Calbache, donde se refiere cómo el astrónomo observa en torno a las estrellas, “en el inmenso éter suspendidas”,
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Es decir, imagina la existencia de seres extraterrestres más dichosos que nosotros, tal vez por haberse librado del pecado de Adán. Ya en el siglo XX, esta idea la retomó C.S. Lewis para su “Trilogía cósmica”, pero ahora no viene al caso.
Sí viene, en cambio, que los hijos de la Ilustración del siglo XVIII discurrieron seriamente sobre la posibilidad de vida en otros planetas. Conozco otro testimonio más  famoso y accesible, de la misma época y calidad: Mariano Melgar (1790-1815), el principal poeta neoclásico peruano**, encomiaba en la antepenúltima estrofa de su “Oda al Autor del mar” la manera en que, gracias a los océanos, “la tierra es por su mar grande lumbrera” que alcanza a quienes puedan habitar otros planetas inaccesibles a la luz del sol o de la luna.
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Un espléndido claro de tierra. (Tomado de https://www.pinterest.com/pin/232990980695603570/)

Por su parte, el padre “espiritual” e intelectual de la Ilustración hispánica, mi paisano fray Benito Jerónimo Feijoo, ya había argumentado sus razones para considerar la  posibilidad de otros mundos habitados. Se puede leer en su Teatro crítico universal (tomo VIII, 1739) y, más directo y decidido, en sus Cartas eruditas y curiosas (tomo II, 1745).
Remite el P. Feijoo casi siempre a autores de la Antigüedad, y yo, por supuesto, no sé más que él sobre otros autores que en el Renacimiento y, antes, en la Edad Media, se hayan interesado por la población de otros planetas. Me parece que al hombre medieval le bastaba con el suyo propio para ese tipo de imaginaciones, es decir, creía con bastante firmeza que la tierra era lo bastante grande como para albergar otras razas inteligentes distintas de la de los hijos de Adán y Eva. Era lógico suponerlo e incluso había testimonios que podían suplir la experiencia directa, que llegaban de lugares remotos de Oriente como el reino del Preste Juan (aquel precursor de la mano de obra sobrecualificada). Colón cruzó el Océano convencido de que iba a encontrar ‘hombres mostrudos’, y quienes siguieron sus huellas y las extendieron fueron decepcionándose progresivamente. Quizá por eso se fueron volviendo los ojos nuevamente al cosmos.
Alejandro

Alejandro Magno experimenta un primer contacto

Y así seguimos hasta hoy, aunque cada vez con más medios para explorar en terrenos que entonces eran exclusivamente campo de la conjetura. Buscamos vecinos en el espacio por objetivo interés científico y natural curiosidad. O con la también natural preocupación por hacer la mudanza cuando la Tierra se nos quede inhabitable (llamarla “el planeta”, con todos los que hay, o pensar que podemos destruirla me parecen sendos actos de presunción), aunque parece que en esto avanzamos más aprisa que en los viajes interplanetarios.
O bien, en el grado de sensibilidad más popular y menos científica de todos, con el lógico miedo a la soledad en medio del vacío. Máxime cuando se trata de un vacío aburridísimo: la ciencia ficción, al poblar las galaxias de criaturas de todo género, las ha dotado, no diré que de una variedad, pero sí de una animación de la que carecen hasta la fecha. Quien haya padecido cualquier documental sobre planes de expedición a Marte, en el Museo del Aire y del Espacio de Washington  por ejemplo, sabrá de lo que hablo. Hasta el mismo Carl Sagan, con todo lo astrónomo que era, se tuvo que dedicar a la ficción y a la biología (terrestre, y encima evolutiva, o sea narrativa) para meterle algo de animación, y con eso lo digo todo.
* Quien no me crea, aquí puede encontrar una copia facsímil.
** Hay quienes lo presentan como poeta romántico, pero es porque no conocen a Melgar o, más probablemente, no conocen el Romanticismo.
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