Reinar, cosa de niños

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Los reyes niños no eran novedad en la historia, con precedentes tan antiguos como Pepi II de Egipto o Joás de Judá, pero los progresos en la reproducción de la imagen los fueron haciendo progresivamente más visibles. El siglo XX, que a la expansión del periodismo y la fotografía agregó el cinematógrafo, presenció durante los funestos años 30 y 40 tres monarcas que subieron al trono antes de haber empezado a echar las barbas: Pedro II de Yugoslavia (11 años), Miguel I de Rumanía y Simeón II de Bulgaria (6). Se les adelantó, en la gran responsabilidad y el triste destino, un hijo de la ficción, el rey Matías I que daba título* a la novela del escritor y pedagogo polaco Janusz Korczak.

El pequeño Matías queda huérfano y debe encarar un mundo hecho por los adultos a su medida. No lo hará a la manera del otro pequeño y más conocido soberano de la literatura juvenil: la experiencia iniciática de El principito de Saint-Exúpery tiene intereses y resultados diferentes. El pequeño rey de Korczak no viaja impulsado por poéticas bandadas de aves migratorias sino en trenes, automóviles o –cuando sale al extranjero- trenes y aviones. No reina sobre un perdido asteroide, sino sobre un reino muy de este mundo donde a menudo faltan el trabajo y las escuelas. Hay reyes adversarios detrás de sus fronteras, que miran a Matías con compasión, cariño, desdén o curiosidad, al igual que sus súbditos y sus mismos ministros. La perplejidad del nuevo monarca ante el mundo de los mayores es también más detallada y comprensiva que la del Principito, que al fin y al cabo no parece que vaya a crecer nunca, mientras que Matías ante todo se dedica a aprender: “… es mejor enseñar fotografías de reyes, viajeros y escritores cuando no eran adultos”, aclara el autor al principio de la edición que manejo (Nube de Tinta, 2014), “porque de otro modo puede parecer que ellos ya nacieron sabiéndolo todo”.

Reinar y al mismo tiempo estudiar no es poco trabajo, y Matías deberá empezar por adaptarse a su preceptor al igual que a sus ministros, y al mismo tiempo imponer sus reformas. Primero en casa, es decir, en la fría soledad de un palacio donde carece de compañeros de juegos. Más tarde, fuera de los muros, descubre situaciones que le inquietan, por más que ante ellas los adultos se muestren indiferentes o resignados. Gana espacios de libertad para sí mismo al convivir con otros niños o incluso, en plena guerra, con la tropa, aunque acabe comprendiendo a cuánto debe renunciar por sus deberes. Ni siquiera la democracia que instaura en su reino, tanto para mayores como para niños, lo aliviará de sus responsabilidades. La igualación entre unos y otros sirve para trazar un panorama caricaturesco de todo lo que preocupa a las naciones al llegar a cierta edad, desde el mundo de la administración y de la política hasta el militarismo y la la opinión pública.

El libro es más satírico que utópico, y está lejos, pese a su fantasía, de una idealización de la infancia. Las iniciativas de Matías van revelando sus inconvenientes, a veces conducen a situaciones realmente absurdas de las que sin embargo el pequeño rey va aprendiendo a rectificar y también a desengañarse. La caricatura alcanza su mayor grado, así como los afanes reformadores del héroe, gracias a sus expediciones a una África muy al estilo de “Tintín en el Congo” en su presentación ingenua del colonialismo** y, sobre todo, de las insólitas costumbres y mentalidad de los nativos (a los que, encima, se les llama directamente “negros”). Pero si el lector demasiado sensible a estos asuntos supera aquí la posible incomodidad del principio, no se perderá un grato homenaje al respeto entre diferentes culturas. Además de la reivindicación femenina en el personaje de la pequeña princesa Klu-Klu que, como todos los niños y niñas salvajes de su país, trepa a los árboles, caza fieras y desprecia los plácidos juegos en que se educa a las niñas europeas.

Divertido -a ratos muy divertido- y amable, en El rey Matías I se traslucen problemas políticos, sociales y educativos de su época que llegan hasta la nuestra. Especialmente ominosa es la continua amenaza de la guerra, que tanto hubieron de sufrir los europeos, y los polacos más que muchos otros, entre las dos guerras mundiales. Está lejos, por tanto, de ser un libro ingenuo, como nos recuerda definitivamente la tristeza con que se abre y se cierra el relato, que no cuenta la vida entera de Matías I, sino tan solo su breve reinado. La principal vulnerabilidad de Matías no procede de su propia inexperiencia o idealismo, sino de la deshonestidad y la traición, como le pudiera haber pasado a cualquier adulto. El niño rey partirá al destierro. El autor de la novela, por su parte, concluyó su carrera pedagógica veinte años después, acompañando a los huérfanos que educó en la responsabilidad e independencia, y a quienes se negó a abandonar, desde el gueto de Varsovia hasta el campo de exterminio. Quien lo sepa, estoy seguro de que cerrará el libro no ya con cierta melancolía sino con profunda compasión.

*También El rey Mateíto I en otra traducción española, supongo que anterior.

** Al parecer, Korczak sí hace una crítica a los abusos de este en la segunda parte de El rey Matías I, aún sin traducir al español.

9788475253954-L

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