‘Muestra de arte disecado’

(A propósito de un libro, hablo de otro)

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Como soy puro pasto de academia y no de la mejor, vivo en la inopia sobre la actualidad literaria. Por eso fue para mí fue una sorprendente novedad que me sonara el nombre del nuevo ganador del reciente premio Poeta Joven del Perú. Pero ocurría que, casualidades de la vida literaria, tenía en mi poder los libros galardonados con el Copé de poesía del 2015, impresos al año siguiente, y uno de ellos -en la categoría de Plata- era Muestra de arte disecado, de Roy Vega Jácome.

No solo era eso: era que de los tres metales, la plata me había parecido más de ley. El único que acabé de leer, en todo caso. El oro, pese a tener poemas valiosos, me había parecido a menudo seco y arrítmico en sus versos de abrupto encabalgamiento, con las inserciones periódicas de unos discursos sobre arqueología que se me hacían algo tediosos. En cuanto al bronce, era —en el polo opuesto— tal vez el más musical y ambicioso de los tres, tanto en el vocabulario como en el contenido, pero le pasaba como indica aquí Fernando Aramburu: que la sucesión de imágenes brillantes llega un momento en que estraga o impacienta.
Aunque igualmente me sintiera descartado como lector ideal de varios de los poemas de Roy Vega, la Muestra de arte disecado rebajaba el grado de ininteligibilidad y me ganó por el lado más emotivo. Se abre con dos composiciones con tema y estilo de mi predilección: el versículo y la temática familiar, en algún caso con reminiscencias vallejianas (p. 17: “oigo a madre toser./ sus pulmones como grandes hostias / hechas para los labios de la muerte”). Me llegan rumores de que esta es una materia en auge entre los jóvenes poetas peruanos, premiados o no: no sé si interpretarlo como una muestra de la solidez de la institución familiar en el Perú, o de desamparada querencia por el confiado mundo de la niñez.
Admito que no fui demasiado capaz de penetrar en siguientes poemas, donde a veces incluso patinaba con versos poco afortunados: alguna perífrasis innecesaria (“en esto que llamamos hogar” “batalla épica de anzuelos”), la expresión algo hinchada o pedantesca (“en este instante ya verbalizado”, “su diálogo metafísico no es de mi incumbencia”). Sin embargo, dos composiciones volvían a seducirme en la segunda parte por su tratamiento de la soledad, el paso del tiempo, el amor como salvavidas ante la degradación de la existencia: “4:30 a.m. y el insomnio se transforma en un pálido reloj de arena”, “diálogo de los oficios ciegos”). La poética brevemente trazada al principio de la tercera parte (que lleva el mismo título que el libro, y es tal vez la más conseguida en su conjunto) también me resulta atractiva, más incluso que la más ambiciosa y explícita que cierra el poemario: “la poesía (…) como un objeto elegido en medio del caos (…) algo así como una dulce taxidermia / de la imagen y el pensamiento”.
De todo lo cual saco que no me importará ir detrás del nuevo y premiado poemario de Roy Vega, con la esperanza de que mi interesante —aunque no desbordante— cosecha rinda algunos buenos frutos más.

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