Comida y literatura

(Charla del año pasado, recalentada)

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Gastronomía y literatura. Podríamos buscar analogías entre una y otra en cuanto que labores creadoras. O por la analogía de que la literatura, como las artes en general, es un alimento para el alma que, en palabras de Susan Sontag, nos devuelve al mundo “más receptivos y enriquecidos”.

Optamos por un camino más fácil y concreto: repasar algunas maneras y momentos memorables de la literatura universal donde un arte “primigenio”, material y perecible como la gastronomía (nadie come dos veces el mismo guiso, como nadie baila dos veces la misma danza) ha pasado a un arte más intelectual y perenne como la literatura. Me dejaré fuera también a algunos escritores-gastrónomos a quienes admiro particularmente, como Álvaro Cunqueiro, Julio Camba o Josep Pla, porque entonces no terminaría nunca.

Una forma bastante extendida: la enumeración de viandas con una finalidad llamémosla “documental”, que aparte de despertar nuestro apetito, resulta una interesante fuente de información sobre lo que se solía llevar a la mesa en los tiempos y lugares de redacción de la obra. Esto es así ya desde los modestos banquetes de la Odisea (que, sean de ricos o de pobres, siempre constan de carne, pan y vino), y a veces ha derivado en motivo central. Mucha de la literatura española del Siglo de Oro (siglos XVI y XVII), como la novela picaresca, es conocida por su recreación del hambre. Sin embargo, como contrapartida, no son raras las celebraciones de la buena mesa. Aunque no me olvido del episodio de las bodas de Camacho del Quijote, me parece más breve y simpático leer un fragmento de este clásico poema humorístico de Baltasar del Alcázar.

La cena

Cuatro siglos más tarde, el español Benito Pérez Galdós, cuando en la novela La vuelta al mundo en la Numancia nos presenta a su héroe como huésped de una casa limeña en 1866, hace gala de buena documentación sobre la gastronomía peruana de entonces (a la que habían prestado atención escritoras limeñas como Clorinda Matto de Turner o Juana Manuela Gorriti) describiendo, por boca de narrador y personajes, este copioso almuerzo:

Señor Diego, ¿le gusta a usté el arroz con pato? ¿Sí? Pues como el que yo he guisado para usté no lo habrá comido nunca, ni lo comerá mejor la Reina de España… (…) Pues también le pondré un tamal que ha de saberle a gloria… (…)

Con estos y otros dicharachos puso la mesa, y a punto volvió Mendaro de la tienda con una botella de pisco y dos de vino del país… «Este es el Valdepeñas de acá -dijo a su amigo-. No es malo; se sube hasta el primer piso, y de ahí no pasa. Si bebes mucho, te pondrás alegre y dirás lo que dice el nombre de Arequipa: aquí me quedo. Este aguardiente blanco que llamamos pisco, es de vino… cosa buena: los que empinan mucho, ven a Dios en su trono».

Sentáronse a comer, y con alegría y buena conversación despacharon uno tras otro los platos que Josefa encarecía pomposamente antes y después de que fueran gustados. A la sopa de rabioso picante siguió el sancochado, que viene a ser como nuestro cocido; desfilaron luego el pejerrey (pescado chico) y la corvina en salsa (pescado grande); y por fin, con honores extraordinarios, el pato en arroz (…) por postre comían alfajores y chancaca…

Damos un paso más cuando los menús, aparte de ampliar nuestra información sobre la realidad, desempeñan su función en el relato. Sobre un personaje podemos saber mucho por lo que viste, por lo que hace y por lo que dice; también por lo que come. Muy a mi pesar, no me referiré a ellos aquí por falta de tiempo. Más bien atenderé a dimensiones más puramente estéticas: como bien atestiguan las artes plásticas, la buena cocina apela en primer lugar al sentido de la vista. Por ejemplo, Pablo Neruda magnifica, hasta el lujo más sublime, los humildes ingredientes de la cocina en su poética receta titulada “Oda al caldillo de congrio”:

Caldillo

Por su parte, la novela Il Gattopardo del escritor italiano del siglo XX Giuseppe Tomasi di Lampedusa contiene auténticos “bodegones literarios”, como en la descripción del postre de gelatina al ron servido a la mesa del príncipe Salina:

Presentábase amenazadora, con su forma de torreón apoyado sobre bastiones y taludes, de paredes lisas y resbaladizas imposibles de escalar, defendida por una guarnición roja y verde de cerezas y pistachos, pero era transparente y temblorosa y el cuchillo se hundía en ella con una sorprendente comodidad. Cuando la fortaleza ambarina llegó a Francesco Paolo, el muchacho de dieciséis años, el último servido, se había convertido ya en glacis cañoneados y gruesos bloques arrancados. Regocijado por el aroma del licor y por el sabor delicado de la multicolor milicia, el príncipe gozaba realmente asistiendo al rápido desmantelamiento de la fosca fortaleza bajo el asalto de los apetitos.

Este fragmento sirve también para aludir al componente simbólico, y por tanto poético, que incorpora el alimento: en este caso, la gelatina imaginada como una fortaleza desmantelada por los comensales, del mismo modo que estos ven amenazados sus lujos y privilegios, en que viven encastillados, por la inminente revolución.

No olvidemos la antigüedad del alimento como símbolo trascendente, en tal grado que alcanza lo universal. Es imposible ir más lejos que a la Biblia, que ha impreso en nuestra cultura el profundo sentido de los alimentos más sencillos: el pan cotidiano y necesario, el vino que alegra y fortifica (remito al profundo y ameno análisis que de ambos lleva a cabo el papa Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret); también la miel cuya dulzura representa el gozo y la sabiduría.

Símbolos más inesperados, y universales tan solo mientras dura la lectura, nos los pueden proporcionar poemas como este del portugués Fernando Pessoa, donde un plato servido a destiempo concentra un mundo de melancolía y desolación:

Callos

Claro que también hay cocinas que han alumbrado símbolos literarios sin proponérselo, como la célebre magdalena de Marcel Proust, bizcochito que, remojado en té, ocasiona en el narrador de En busca del tiempo perdido la sorprendente epifanía de la memoria inconsciente, con la detallada reconstrucción del universo de su infancia:

En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tilo que mi tía me daba (…), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín (…); y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina, y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando había buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té.

Pero volvamos a la mera estética aunque sea para encontrarnos con que esta encuentra su principal desafío cuando trata de franquear la barrera de lo visual para acudir a la esencia del alimento, que no es otra que el sabor. ¿Cómo dar forma veraz al sabor, que convenza tanto a quienes lo han probado como a quienes podrían desearlo? Un ejemplo se me ha escapado antes: con un solo adjetivo Neruda da una forma inmejorable al perfume del ajo: fragancia iracunda.

A este respecto, un pasaje que me resulta particularmente divertido y poético se encuentra en la novela Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh, y toma como punto de partida una suave burla del mundo de la cata de vinos, tan inaccesible para los simples bebedores. El narrador-protagonista cuenta en cierto pasaje su gozoso saqueo de la bodega de la mansión de su amigo:

Nos pasábamos los vasos uno a otro hasta reunir seis, algunos con vinos mezclados, pues habíamos equivocado una botella. Entonces había que volver a empezar con tres vasos limpios cada uno y, al tiempo que las botellas se vaciaban, nuestras alabanzas se tornaban cada vez más exóticas:

-… un vinito tímido como una gacela.

– Como un duende.

– Moteado, como el prado de un tapiz.

– Como una flauta que se tañe junto a aguas tranquilas.

-… y éste es un vino viejo y muy sabio.

– Un profeta en su cueva.

-… y éste un collar de perlas sobre un cuello blanco.

– Como un cisne.

– Como el último unicornio.

Y dejábamos la luz dorada de las velas del comedor para salir a la noche estrellada y sentarnos sobre el borde de la fuente, refrescando las manos en el agua y escuchando medio borrachos su chapaleo y gorgoteo entre las piedras.

Termino aquí, señalando cómo no faltan ocasiones en que la literatura emprende el camino de vuelta desde la gastronomía. Muchos lugares se benefician, por ejemplo, de la fama que otorga la literatura para ofrecer delicias gastronómicas: los restaurantes de la Mancha reproducen las recetas del Quijote, el pueblo francés de Illiers-Combray vende a los turistas magdalenas como las de Proust y cada año, el 16 de junio, miles de fanáticos se reúnen en Dublín para celebrar el Bloomsday, jornada en la que reproducen las andanzas del héroe del Ulises de Joyce… empezando por su desayuno mañanero de té, tostadas y riñón de cerdo. La literatura sale de los libros e irrumpe en nuestras vidas; todos lo sabemos: la vía de esta invasión puede ser muy bien la mesa o la cocina.

 

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2 pensamientos en “Comida y literatura

  1. Profesor, tal vez en su análisis podría incluir el relato El festín de Babette, de Isak Dinesen, del cual incluso hay una famosa película que lleva el mismo nombre.

    Saludos.

    Le gusta a 1 persona

    • Claro que podría. E infinidad de obras más, realmente. Esto era una pequeña charla con más de síntesis que de análisis. Ahora bien, ¿el caso de “El festín de Babette” entraría en alguna de las categorías de la clasificación que hago aquí (que es completamente mía)? ¿O crees que serviría para demostrar alguna otra función de la presencia de la comida en la literatura?

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