Tolkien a la tele

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El anuncio de una posible serie televisiva basada en El Señor de los Anillos me hizo bastante ilusión mientras imaginé que se iba a tratar de un remake para comparar en el futuro con las  versiones ya existentes de Ralph Bakshi y Peter Jackson. Pasó a hacerme mucha menos cuando los rumores apuntaron a una especie de “precuela”, y no evitaban -cómo hacerlo- las analogías con la exitosa Juego de tronos. Hay que suponer que, como pasó con todo el material de relleno de la desproporcionada adaptación de El hobbit, la serie de Amazon contará con desarrollar los Apéndices de la novela de J. R. R. Tolkien como trasfondo y breve base para una nueva trama (que seguro no será tan solo una) completamente original.

La comparación con la serie de HBO, el uso de los Apéndices y la adaptación de El hobbit me provocan recelos sucesivos. De la última razón, creo que no hace falta hablar. En cuanto a las otras, pasa que  algo que me ha tenido apartado de la saga de George R. R. Martin ha sido precisamente el abrumador volumen de su Canción de fuego y hielo (fuente de la serie Juego de tronos). Soy más de condensaciones que de expansiones: por ejemplo, Cien años de soledad está bien como está, y puede que hasta le sobre algo (compárese con Pedro Páramo), pero desde luego no hubiera sido tolerable un tomazo por cada generación de Buendías. Durante años, un argumento para respaldar mis prejuicios contra la obra del R. R. norteamericano ha sido, precisamente, que me parecía como si Tolkien hubiera hecho una novela con cada apartado de los Apéndices de El Señor de los Anillos, es decir, con cada una de esas someras historias, cronologías y genealogías que se pueden leer con gusto una vez que se ha disfrutado de la novela, pero de las que solo el poético relato de Aragorn y Arwen me parece que tiene valor por sí solo.
Así que, mientras espero los resultados, me limito a confiar en lo que de verdad importa: que por medios quizá espurios El Señor de los Anillos, esa obra única, grande y extraña, siga ganando lectores que puedan valorar esas adaptaciones y cuantas más vengan, sin concederles demasiada autoridad y soñando con las que ellos mismos hubieran deseado.
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Un pensamiento en “Tolkien a la tele

  1. Lo que dices de los Apéndices se puede aplicar con más justicia aún al Silmarillion, donde para llegar a historias de valor poético o narrativo hay que recorrer todo un vía crucis de geografía e historia imaginaria que el autor podría haber reservado para sus cuadernos de apuntes, o bien haber presentado con más imaginación. Ahí le disculpa el que se trata de una obra inconclusa. Hay gente a la que le encanta todo eso de los mapas y las cronologías, y yo lo entiendo, pero que se le concedan la importancia central de la obra (tipo “hay que ver qué cosas se le ocurrían a este señor”) es lo que me da lástima.

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