Lápiz y fusil

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No sé si el siglo XXI, que promete seguir siendo pródigo en matanzas, consolará un poco a la posteridad con algún escritor militar a la altura de cuantos, desde Jenofonte hasta el siglo pasado, han armonizado con excelencia las armas y las letras. En aquellos años, fastidiosamente lejanos, de conversaciones enjundiosas en la sala de becarios, escuché a Juan Varo calificar a Thomas E. Lawrence y a Ernst Jünger de los mejores escritores militares del siglo XX. Quizá haya quien pueda contradecirlo, pero lo cierto es que tanto Los siete pilares de la sabiduría como Tempestades de acero dejan un listón bien difícil de superar. Por no agregar otros escritos menores de Jünger, también sobre la Primera Guerra Mundial, y sus sosegados diarios de la Segunda (Radiaciones), donde curiosamente apenas se huelen la pólvora y la sangre.

Les encuentro una diferencia fundamental, más allá de que lucharan en bandos contrarios. Lawrence, que por algo es Lawrence de Arabia, es muy consciente de estar “haciendo historia” con Los siete pilares. Este es un reporte tan exhaustivo de su misión como agitador de las tribus árabes, que asombra que a pesar de ello sea también una obra de alta calidad literaria. Lo mejor de su texto se encuentra para mi gusto en los momentos en que se adentra en lo pequeño y lo subjetivo: la geografía, la antropología, las operaciones militares y tramas diplomáticas importan, como en las mejores crónicas , menos que las costumbres, los personajes secundarios o las anécdotas que suponen el revelador reverso de la historia.

Lawrence sin sombrero

Aun así, digamos también que lo tenía más fácil que otros. No me refiero solo a sus altas dotes de escritor, sino a lo mucho que ayuda el exotismo y su tendencia a encontrar diferencias entre realidades ostentosamente diferentes. Lawrence es un británico que habla de una cultura que no es la suya a lectores de su país de origen. A pesar de cierto lugar común sobre su figura, Los siete pilares no muestra a un occidental seducido al estilo de Baila con lobos, sino orgullosamente cristiano y británico, por más que llegue a apreciar la cultura árabe con la que convive. Aprecio que proviene de cuanto de antimoderno reconocía Lawrence en aquellos aliados que preferían la espada al fusil y la tribu al Estado. No hay que olvidar que su fascinación por Oriente procedió de su apasionado estudio de las Cruzadas, algo tan romántico y tan victoriano, desde Walter Scott a Hilaire Belloc. Por otra parte, el romanticismo bélico encontraba en la campaña de Arabia uno de los últimos campos en que podía florecer, con sus veloces marchas de cientos de kilómetros entre la naturaleza virgen del desierto, a lomos del caballo o del camello.

En cambio, Ernst Jünger siempre será un soldado –luego oficial- anónimo, y a pie de trinchera desde 1914. No se encuentra al otro lado del mundo, sino a pocos kilómetros de su tierra natal. Con lo joven que es, ha tenido tiempo de desengañarse de aventuras exóticas con su sonrojante paso en la adolescencia por la Legión Extranjera (contado en Juegos africanos). Sí conserva un ardiente interés por la acción en sí misma, cuya apoteosis es la guerra; también un nacionalismo que irá depurando de sus Tempestades en posteriores ediciones, molesto por el uso propagandístico que le dio el gobierno nazi.

La pasión científica de Jünger no era la Historia, como Lawrence, sino la Entomología. Será por eso que, clavado en la lodosa inmovilidad del frente francés, su mirada de escritor debe detenerse en los movimientos más sutiles de la vida que se empeña en renacer en medio de la devastación: la vegetación que renace, las pequeñas distracciones y hasta diversiones de retaguardia, los habitantes del territorio ocupado con los que es posible el entendimiento. En cuanto a la acción militar, no puede aspirar a mayor victoria que la supervivencia. La muerte llega de forma absurda y ciega en forma de bombas, obuses y gases que no respetan a los más fuertes, valientes ni hábiles -incluso se diría que se ceban en ellos. Las incursiones contra el enemigo apenas son pequeñas aventuras nocturnas (con su pizca de exotismo, como cuando se enfrentan con soldados indios), incapaces de alterar el curso de la guerra más inhumana que hubiera conocido el mundo hasta entonces.

Será por esta redacción que es pura peripecia personal, que prescinde por completo del informe y de la semblanza del protagonista histórico (que, por personal que sea, a veces no deja de tener cierto regusto “oficial”), que la de Jünger me parece una obra literariamente más redonda. He citado otras veces, de todas maneras, algunos momentos encantadores de Los siete pilares, y ahora evocaré en desagravio algún otro que no olvido: el festín de cordero del capítulo XLVI, el último combate durante el avance hacia Ákaba y el panorama estremecedor (no solo de miedo) del día siguiente en LIII y LIV. O un Lawrence que se confiesa incómodo con el poder, las responsabilidades y los honores que conlleva (LXVIII, LXXXIII), tan diferente de la imagen delirante interpretada por Peter O’Toole en la película de David Lean.

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