Regreso a Hills End

Siete chicos
Lluvias como las de estos días, encima lo que está cayendo ahora en Colombia, y la imaginación literaria lleva forzosamente a Gabriel García Márquez, a Cien años de soledad o al “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, aunque este transmita más una profunda sensación de atonía vital que de cataclismo social.
Ahora bien, será porque llegó mucho antes a mi vida que recuerdo mucho mejor una de mis novelas favoritas de la infancia. Siete chicos de Australia, de Ivan Southall, estaba publicada en la colección Cuatro Vientos de la editorial Noguer, así que lo más probable es que ya no sea nada fácil de encontrar.* El título, por otra parte, llamaba a la confusión con el clásico decimonónico de Los siete pequeños australianos de Ethel Turner, si bien esta obra tampoco era muy conocida en España. Quizá en la editorial pensaron que el título original, Hills End, no era ni sugestivo ni fácil de traducir.

La trama partía de cómo el pueblecito australiano de Hills End cruzaba las montañas para celebrar su picnic anual. Solo se quedaban la maestra Elaine Godwin, dispuesta a explorar unas cuevas en busca de pinturas rupestres, y los siete chicos del título que la acompañaban, dos de ellos castigados y el resto por amistad. Durante esta ausencia, una descomunal tormenta arrasaba Hills End y lo dejaba aislado de todos sus habitantes, menos de los jóvenes excursionistas que debían ingeniárselas para sobrevivir entre los escombros.
El tema de los niños asumiendo los empeños del adulto, y en particular tareas de supervivencia, era desde luego muy atractivo, y también familiar para quien se hubiera alimentado de ciertas lecturas de Enid Blyton (por lo menos, del “Club de los Cinco“), y también de ilustres antepasados como Ballantyne (La isla de Coral) o Verne (Dos años de vacaciones). Pero Southall le daba un tratamiento más serio al enfrentar a sus pequeños héroes con realidades como la soledad, la discordia, el remordimiento, la desesperación y hasta la muerte. Ahora bien, sin ningún pesimismo de ese que tantas veces se procura disfrazar de ‘lucidez’, sino como parte de una forzada prueba de acceso a la madurez. Los siete chicos salían airosos de ella, y no tanto por el esperable final feliz del último capítulo como por la iniciativa que llegaban a tomar previamente y constituía su verdadera victoria. Cuando pasaban de la mera supervivencia a la reconstrucción.
No todos los niños tenían el mismo peso dentro de la trama, ni un retrato igual de complejo. Los mayores alcanzaban, con sus responsabilidades, una talla más heroica, como Paul o Frances, aunque probablemente los personajes más logrados serían, para mi gusto, los personajes de Butch y Adrian. El primero era un muchacho bondadoso y algo torpe, grandote como un hombre pero afectivamente más vulnerable que ninguno; en cuanto a Adrian, sus buenas cualidades de líder nato chocaban con su oculta falta de autoestima. El personaje adulto más importante, el de la señorita Godwin, resultaba simpático en su papel de maestra ejemplar, cariñosa y severa a un tiempo; sin embargo, quedaba pronto anulado a causa de su única debilidad, su amor por Hills End, encarnado en la laboriosa redacción de un libro que la tormenta destruía fatalmente.
Hay unas palabras de la señorita Godwin que siempre he recordado, por cierto: “Los que tienen hermosas casas no deberían olvidar que, cuando el Hijo del Hombre vino al mundo, no tenía dónde apoyar la cabeza”. Cito de memoria, que el libro no pasa por mis manos desde hace décadas.
*Aunque algunos clásicos de Noguer están viviendo felices reapariciones.
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