Mi vindicación de Gloria Fuertes

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Se ha celebrado hace poco el centenario de Gloria Fuertes, una poeta española no solo distinguida sino, cosa rara, famosa. Aunque tengo que decir que no era muy apreciada en mi casa. Hablo, claro, de su faceta de estrella televisiva de la poesía infantil, porque no conocíamos otras. Creo que había razones de estilo por medio: aquellas rimas informales y divertidas -nunca disparatadas- que ella recitaba, con tanto desparpajo como falta de melodía, nos sonaban ripiosas. Claro que los versos que estábamos acostumbrados a escuchar en casa (las madres suplían la escasez de canales televisivos) eran sobre todo fábulas de Iriarte y Samaniego, fragmentos del Don Mendo o cuentos de Ferrándiz. Es decir: puro octosílabo.

Encontrarme con la firma de Gloria Fuertes en los libros escolares me permitió ir afinando el criterio. Su talento daba también para registros más clásicos y más líricos, como aquellas Tres Reinas Magas que inventó para lo que tenían que hacer, o sea adorar al Niño y no para joder como ciertas versiones más recientes. A mayor formación como lector, mayor profundidad asomaba detrás de sus juegos de palabras. Además, en lo que se refiere al recitado, poetas reconocidos más universalmente como “grandes” (léase Neruda o Alberti) lo hacían peor que ella, que por otra parte era autora también de poesía “adulta” y muy estudiada en universidades extranjeras.
Otra comparación que hacía ganar puntos a nuestra poeta la he descubierto en los últimos años, cuando la paternidad me ha llevado a buscar poesía para niños y me he dado cuenta de la desolación del panorama. Cuando no he encontrado más que verdaderos ripios arrítmicos, monótonas rimas en -ar y en -ita, moralinas pedestres (que, para que el lectorcillo no tenga que pensar, aparecen ya al final del texto tras el epígrafe de “Valores”), una tal miss Rosy… ¡Gloria, cómo te extraño!
Concluyo dejando aquí un fragmento de su cuento “El dragón tragón”, donde descubrí una estupenda adaptación del poema “Masa” de César Vallejo, el gran maestro póstumo de la poesía española de posguerra.
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De El dragón tragón, Madrid, Escuela Española, 1980 (3° ed.), pp. 16-17

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