La máquina del tiempo (perdido)

Máquina de chocolates

Sin anunciarse, aparecieron en diferentes puntos del Campus expendedoras automáticas de aperitivos. Yo saludé la aparición con una alegría que no acababa de explicarme, porque me suelo tomar la hora del café matinal, como el cine o el cebiche, más como excusa para la reunión social que con necesidad de consumo. Sin tener a quién invitar ni quién me invite, puedo apurar la jornada entera en mi madriguera si no me sacan de ella otras obligaciones… incluida la de satisfacer un hambre imprevista. Por eso mismo, la novedad era digna de interés (picar algo  ahorrándome la cola de la cafetería), aunque quizá no de tanta emoción.

Empecé a barruntarme que aquello iba a ser como encontrarme de nuevo con una vieja amistad. Yo había dejado de frecuentar este tipo de máquinas tras abandonar las universidades del hemisferio Norte. Allá había llegado a establecer relación especial con algunas: aparte del puro insercoin, con unas buenas sacudidas en las que fui ganando habilidad, sabía librarlas de los productos que se les habían quedado atascados sin llegar a sus clientes. ¿Parasitismo? Puede que estos se lo tomaran así (desde luego, lo hacían los conserjes cuando me descubrían en plena acción), pero para la máquina y yo era pura simbiosis.
De modo que, cuando junté toda la compostura que requieren las grandes ocasiones, acudí finalmente a una de las nuevas expendedoras. Allí parecía estar aguardándome la tentadora desde hacía semanas. Pero entonces yo, moneda en mano, me quedé parado y perplejo delante de su luna.
A través de ella se mostraban los productos esperables: cajitas de jugo y de leche, galletitas de chocolate, papas, doritos y carameletes… nada que no hubiera encontrado (y pedido) yo en cualquier cafetería de mi universidad. Pero la mirada recorría tras el vidrio todas esas filas familiares de carbohidratos y grasas saturadas en vana busca del Toblerone, del Crunch, de la palmera de chocolate, del maíz frito o sea los kikos… ¿Cómo decirlo? Ya no era ella. Detrás de su traicionero escaparate albergaba un trozo de esa nostalgia de la vida de estudiante que ya nunca me perturba, contra la que me creía inmunizado. Para burlarse de mí, la maldita.
Así que ya ni miro las máquinas esas. Para qué. No sirven para quitarme el hambre, sino para despertármela.
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