Minucias de “La vida es sueño”

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No recuerdo si Calvino, Italo, tocó este tema (síntesis de sus ideas, aquí): igual que existen clásicos mayores y menores, existen también “clasicones”. Es decir, obras clásicas tan omnipresentes en la cultura colectiva que su mención revela más el lugar común que la cultura personal. El desafío para el glosador es tratar de decir algo que suene a nuevo sobre esos textos de los que se considera que ya está todo dicho… o sobre los que todos dicen algo (y a menudo lo mismo).
Me he arriesgado al clasiconeo con mi pasada recomendación literaria en Castellano Actual, y procuraré ahora hacérmelo perdonar con una pequeña experiencia de lectura:

La última vez de ya no recuerdo cuántas que, por refrescarme la memoria para una clase, leí La vida es sueño, no esperaba yo grandes sorpresas. Me iba anticipando a cada pasaje con seguridad, quizás a veces ese algo de distracción de quien recorre rutas conocidas, pero otras con el detenimiento que merece el retorno de grandes momentos. Los apasionados y racionales monólogos de Segismundo, su primer encuentro con la belleza de Rosaura, los reproches al padre, la recuperación por Rosaura de su retrato en manos de Astolfo, la melancolía de Segismundo nuevamente encerrado, la confusión de identidad con Clarín en el momento de su liberación, la aparición de Rosaura en el campo de batalla y el conflicto interior que suscita en el príncipe, su ejemplar transformación al final.
Y, de improviso, en el tercer acto, otros dos momentos que extrañamente se me aparecen como por primera vez, y que desde entonces me veo obligado a incorporar a la anterior lista de favoritos.
El primero, el diálogo entre Rosaura y Clotaldo cuando la corte de Polonia se apresta a combatir a Segismundo. Rosaura pide a su protector (de quien ignora ser hija) que dé muerte a Astolfo. Él se escuda en que debe la vida al duque de Moscovia, y en su lealtad dividida entre Rosaura y la corona: que cuando tan dividido /el reino desdichas siente,/ no he de ser quien las aumente,/ habiendo noble nacido. Llega a ofrecer su fortuna entera a la muchacha si abandona su propósito, pero ella, ignorante de la verdad, se ofende: Cuando tú mi padre fueras, /sufriera esa injuria yo; /pero no siéndolo, no. Las promesas de seguridad personal no valen más para Rosaura que su voluntad de vengarse de Astolfo… si no ha de casarse con él. No es mera sumisión a esa inexorable ley social del honor, sino también muestra de que pervive, azuzado por los celos contra Estrella, el amor loco que la llevó a caer en brazos de su amante: -Mira que a Astolfo has de ver… / -Todo mi honor lo atropella. /-… tu rey, y esposo de Estrella./ -¡Vive Dios que no ha de ser! / -Es locura. -Ya lo veo. / -Pues véncela. -No podré…
Si la heroína de La vida es sueño había aparecido en el primer acto vestida de hombre y derribada por su corcel (el famoso hipógrifo violento), símbolo de la pasión desenfrenada, no es de extrañar su irrupción en el campamento en la escena siguiente: vestida parcialmente de varón y también sobre un caballo. Los versos con que Clarín anuncia la llegada de este fueron mi nueva recompensa por la relectura de Calderón. Era previsible la conceptuosa descripción de la bestia, que encarna en cada uno de sus miembros los cuatro elementos de la naturaleza, pero no tanto que Clarín se burlara de la convención retórico-teatral que lo obligaba a hacerla: En un veloz caballo / (perdóname, que fuerza es el pintallo / en viniéndome a cuento)... En estos pocos versos, me parece que el tan frecuentemente olvidado Calderón cómico se ríe del Calderón de la ornamentación verbal, que tanto admiraba en su época y tanto llegó a fatigar después.
Aparte de estos hallazgos de detalle, mi conclusión general sobre La vida es sueño es que esta, con toda su brevedad y toda la evidencia de su ideario y de su estética, no puede escaparse a la riqueza del clásico y de la obra maestra: nos depara una historia de múltiples lecturas, de las que nunca haremos dos iguales. En la próxima, ya veremos qué aparece.
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